Brooklyn, principios de febrero

Llevo como dos horas y media viendo Mozart in the jungle y mi ordenador dice que todavía tiene batería para 103 días y una hora. Sospecho que mi ordenador consume esteroides. Es el primer domingo en casa después de meses. Esta mañana fuimos con Ana y Lara a ver la cabalgata del año nuevo chino. Todo muy rojo, dorado y colgantero. Feliz año del gallo. Todo muy naif. Los desfiles, por precarios que sean, siempre me ponen contenta. Hace unas semanas, en Madrid, me pasé una tarde del cinco de enero viendo la cabalgata de reyes. Hay algo muy absurdo en ellos que me da risa, no una risa cínica y distanciada. No. Es algo de infancia que vuelve con los dragones y las señoras sonriendo desde las carrozas. Esa pequeña brecha que se abre en el mar de cutrerío y espumillón por donde se deja ver tímidamente, un momento apenas, la fantasía.

Después fuimos a terminar de celebrar con dumplins de sopa y cerdo agridulce. Todo muy chino, es decir, muy newyorkino. A la vuelta he leído a Deleuze, maravilloso como siempre pero hoy un poco más: Tratado de nomadología. Me he comprado en Amazon una cafetera expresso muy barata: traje café de Cuba y de pronto, inesperadamente hasta para mí, he desarrollado un intenso snobismo en cuestión de café. Atravieso un periodo sutilmente hedonista, diría que bastante burgués. No es cuestión de nada más que de una tranquilidad, en gran medida económica, que se traduce en que me permito hacer algunas cosas que antes no, como viajar a sitios y comprar pantalones en H&M así como cafeteras por Amazon y, por último, disfrutar un poco más y un poco mejor de la ciudad.

Creo que, además de dar la batalla en la calle, parte de lo que nos toca a los emigrantes en la Era Trump consiste en hacernos dueños del espacio. Dejar de pedir perdón o permiso. Disfrutar de la tierra re-conquistada. Mi pequeña revolución consiste en que ahora, además de indignarme, le espeto mis críticas (en castellano, claro, por ahora no tienen por qué entenderme) a la gente que se comporta de forma desconsiderada en la vía pública. Sobre todo a hombres blancos que no se apartan en la vereda cuando vas cargada ni te dejan salir antes de entrar en el metro. Aunque tengo que decir que la mayoría de los hombres blancos de Nueva York, y de las mujeres y hombres de todos los colores, son un encanto. Pero bueno, mi máquina para la justicia pasa por hacer pública mi cólera cuando esta está justificada, ejercer mi derecho a rabia. Por primera vez en este país.

La otra cosa que hago es sencilla, paseo, disfruto, sonrío, obligo a los azafatos de los aviones a hablarme en castellano, aunque les entiendo perfectamente en inglés, me compro una cafetera expresso para no tener que beber su insípido y acuoso brebaje, los quiero a ratos, confabulo en su contra o a su favor…según se mire. Vuelvo contenta a esta ciudad, a este país, porque tengo derecho, espero paciente la línea, sonrío a la señora de aduanas, a todo el mundo. Y es una sonrisa de verdad, una sonrisa nómada, bereber, deleuziana; y es un arma con la que sí puedes volar. Y la señora de aduanas me sonríe a mí. Y así con todo casi siempre.

DE QUIÉN ES LA CALLE

 

First we take Manhattan

Algunos iban dejando un surco de dulces lágrimas por la gran avenida

Vi las manos de una chica, apenas algo más que adolescente,

encrespadas como vides, a punto de romperse. Los ojos a gritos.

¿Quién era esa gente?

Las pantallas de sus teléfonos móviles alzadas orando a la multitud

la calzada de plata respirando brumas, recibiéndolos, aupándolos

calle arriba el azul eléctrico de los edificios haciendo eco de los cánticos.

En un andamio a la altura de la 57 andaban cinco siluetas colgadas, murciélagos

sonrientes zarandeándose sobre una colcha de cartones en los que el agua derretía

de a poco las consignas.

¿Quién era esa gente, digo, quién era yo?

Alguien corre a la otra esquina de la calle, alguien levanta los brazos como sacándose

el pullover de una modorra prolongada. Los cantos no cesan de hace horas.

Por sobre un coloso de bronce el helicóptero petardea como un arma acatarrada.

La ciudad descansa de la lluvia pero sus ríos aún descienden silenciosos la gran avenida.

Brooklyn, mediados de octubre

I

O escribo o todo se detiene, o escribo o las cosas que pasan no pasan en realidad. Ni siquiera tengo que enumerar los sucesos, basta con llenar unos renglones de una densa nada para que el tiempo que transita entre una y otra entrada de este diario escrito quede constatado.

II

Los momentos más clave de mi vida en Nueva York no aparecen en este diario, ya me he dado cuenta de eso. Tampoco las estancias en Madrid o Menorca. Y, sin embargo, ahí están, latiendo debajo de las palabras, esa pura superficie que todo lo esconde. A veces algún episodio concreto vuelve a mi cabeza, como clamando su derecho a rúbrica. Alguna noche lo intento, pero no puedo decirlo, no sé por qué, no me atormenta, es solo que…

III

En algún lugar dentro de mí se va construyendo un ovillo oscuro, un agujero en donde anida el miedo. Es un lugar incierto, construido con reflejos inaprehendibles. Ese lugar y yo nos ignoramos con displicencia, dos pacientes en la misma sala de espera que no quieren mirarse a los ojos por miedo a reconocerse.

IV

Sólo sé huir hacia delante. Esta no es mía, creo que es de Batania o no sé. Pero me sirve.

V

Todo lo demás es un éxito inapelable. Las clases, bien, las conferencias, el proyecto académico, los amigos, el chico, el verano que parece haber olvidado algo y ha vuelto esta semana a buscarlo. A veces Lara pasa por debajo de mi ventana y me grita, entonces todo Brooklyn se vuelve aldea y dan ganas de tender la ropa en la ventana y asfaltar las calles de albero para que pasen cómodas las bestias. Todo tiene un aroma de estación intermedia entre la calima y el huracán. Que venga y que me encuentre con los amarres desatados, alargando la mano, que acepto el baile que se me ofrece.

siete

Después de años sufriendo los fantasmas de otros por fin estoy engordando los míos propios.

Brooklyn, principio de abril

Sueño con Celerino, en formas diferentes y con otros rostros, pero siempre es él. En mi sueño, sentado en el suelo y mirándome mirarme en el espejo dice “Te llevaría a bailar”. Yo tardo un segundo en entenderlo y cuando le pregunto me dice, sonriendo y apartando la mirada, “Mejor todavía no”. Cuando me despierto sé que el del sueño era Celerino porque una vez, en uno de sus cuentos, el protagonista encontraba una fotografía antigua y detrás de ella estaba escrito “Ya, pero todavía no”. Una vez, por su cumpleaños, desde España, hice que alguien anónimo le mandara esa misma frase por mensaje de texto a su teléfono en Argentina. Así nos reconocemos, así funciona esta forma de amor que hemos ido bordando durante años, a fuerza de dilatar los acontecimientos, postergando los eventos definitivos. Creo que ese juego fue la primera experiencia de una costumbre que ha terminado por fundar en mí una suerte de estética de la espera. He sido capaz de aguardar años para dar un primer beso, urdiendo planes sutiles, planeando pacíficas emboscadas de sábado por la tarde, observando tras la hierba alta mientras alguien, al otro lado, se acercaba a beber al arroyo.

No es que me pregunte cuánto de saludable habrá en esta forma mía de estar en el mundo, pero esta noche ando barruntando si no habrá otras formas mejores de matarse. Otros deportes en los que sufrir. Otras teologías cuyo sacrificio sea más letal que la angustia.

El otro día un profesor revelaba su brillante concepción de la historia; es difícil de explicar, pero va la cosa de hacer escombros el eje vertical. Tiene la historia su materialidad en el presente, en los objetos que nos preceden, que estaban aquí antes que nosotros, y también en los que faltan. No me quedó claro hasta qué punto esos fantasmas, que constantemente gritan su nombre reclamando volver, pero a los que resulta imposible encontrar en los museos, pertenecen o no al mundo, según lo entiende mi profesor. Creo que ese es el problema de mi método, el error de cálculo de haber cifrado la belleza en un proceso de Siempre la maldita zanahoria a medio paso de la frente. Porque alguna vez tocaba que la zanahoria empezara a perder color, comenzara a fruncirse sobre sí misma hasta descomponerse y, al final, se convirtiera en ceniza para zafarse del cordón que la retenía.

“¿En qué lugar ponemos las cosas que ya no están?”, le escribo a Celerino, mientras espero a que, un día por venir, me lleve a bailar.

Ruido

Los llaman ruido, pero son los olvidados exigiendo su invitación formal a la fiesta del fin del mundo. Ahora que ya está todo escrito, que la Historia rubricó su nombre al pie de la losa que sobrevivirá los cadáveres de nuestras gestas y gestores bajo ella, escucha por fin el ruido que perturbaba tu sueño, cuando de noche te dejabas caer agotado y legítimo. Ya no hay peligro, porque esta tierra colmada de ídolos agoniza puedes mirar los ojos del hambre y prometer próximo el desenlace que a todos nos redima, sentarlos a la mesa y cenar como si siempre hubiéramos sido parientes. Oírlos sin cuidado de desmadejar el entresijo de sus voces, buscar hacer de este ruido una forma nueva de armonía sin respuestas definitivas, sin ese afelpado tacto que antes se hacía imperioso en tu literatura. Sírveles vino de tu propia mano, fúndete en ellos, retrueca, sonríe sinceramente mientras el vecindario arde. No habrá justicia que no administre el reparto exacto y universal de la cicuta.

Brooklyn, finales de febrero

I

Caminando por mi calle en Bedstuy, el otro día, me encontré con unos cuantos libros que un vecino, probablemente cansado de su tormento, había dejado en la vereda para que dieran con otro pobre diablo. Albert Camus, Sartre, Derrida… La diabla fui yo. Antes de seguir mi camino con ellos en la mochila me quedé mirando fijamente a la ventana del brownstone del que a todas luces habían salido. Pensaba que debía tener truco, lo primero que se me ocurrió es que estuvieran infectados con termitas o algo parecido. Ahora cada vez que paso por esa casa amaino el ritmo, esperando algún día cruzarme con ese vecino que se dedica a extender por el barrio la maldición del descentramiento posmoderno.

II

En mi clase de Post-democracy hoy la profesora, Sussan Buck-Morss, no ha podido venir. Aun así la asistencia era obligatoria así que todos nos hemos reunido a charlar sobre un libro maravilloso de Kristin Ross donde revisa el imaginario político de la Comuna de París. La ausencia de liderazgo ha hecho que nos costara arrancar, pero a la postre el debate ha sido bastante fluido, y claro, hemos terminado hablando de las movilizaciones transnacionales sucedidas en todo el mundo hace unos años. Todo el mundo estaba animado, hacían bromas y nos reíamos. En esas clases, que son en inglés, yo me desenvuelvo con estructuras discursivas muy rudimentarias, por lo que necesito simplificar mis ideas casi hasta el absurdo. Suelo terminar optando por sencillas y abarcadoras metáforas. De alguna forma, para mí son como talleres de narrativa carveriana. Cuando hablo uso de manera inapelable la primera persona del plural, recién es hoy que me he dado cuenta. Francisco al acabar la clase: Then, can we agree that we don´t need the professor?

III

Este pasado fin de semana Ana y yo cruzábamos el Soho hacia una zona bastante más desangelada. Por el camino íbamos hablando de que hasta la fecha no habíamos tenido noches newyorkinas verdaderamente memorables. Un tipo me pidió un cigarro y paramos a que se lo liara. Los yankees no están tan acostumbrados al tabaco de liar y por lo general rolan fatal los pitis, además tardan bastante. Este tipo aprovechó su torpeza para sacarnos conversación, nos preguntó a dónde íbamos y con reparo dijimos que por ahí. “Llevadme con vosotras”. Ana utilizó esa estrategia tan manida y poco efectiva cuando dos chicas solas son asaltadas por un machirulo de dar a entender que éramos pareja. Por supuesto, el tipo dio un brinco de emoción e insistió en acompañarnos. Para convencernos de que era una buena idea, lo juro, murmuró algo mientras hurgaba un bolsillo grande de su pantalón de chándal, del que sacó, de verdad que lo juro, un jodido mapache muerto. Ana y yo nos dimos la vuelta y al cruzar la esquina las dos estábamos muy contentas porque, al menos esa noche, ya teníamos una anécdota que contar.

IV

Contra todo pronóstico, a F se le da muchísimo mejor el Skype que a mí. Bromea, saca mil temas de conversación… y no solo eso, sino que se desenvuelve con naturalidad orgánica en medio, lo aprovecha para representar pequeñas performances en las que incluso a veces su perra es incluida como extra. Yo sin embargo, en el momento en que lo veo aparecer en la pantalla, olvido todo lo que me ha pasado los últimos siete días. Mi única estrategia práctica consiste en interrogarlo sobre su vida, ya que la mía de pronto se convierte en algo así como la fotografía borrosa de un clavo torcido, pero sin el matiz lírico que sustenta esta imagen que me acabo de inventar.

V

Leemos a Miller, F y yo. Me engañó para empezar una novela con el pretexto de que era erótica, o incluso pornográfica. Es mentira, no lo es. Es sórdida, tierna de una manera catastrófica, desordenadamente intensa (¿hay otra forma de intensidad?); una novela que sucede en París pero que a mí me recuerda al metro de Nueva York: caliente, oscura, húmeda…, adjetivos bastante eróticos, por otro lado.

CODA

Sobre el clima, de todo (pero todo, todo: nieve, sol, viento, lluvia). Lo reseñable: el otro día hacía tanto frío que se me congeló una lágrima… porque lloré; del frío que hacía.