Verbo

verbo

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Algo parecido al vidrio

o algo parecido al aire

estalla

Mira lo que nos hace la música, así nos hiere

Entonces somos esa cosa rota

que se escarcha entre ángulos agudos

Sé que estás a mi costado

azul luminaria gélida casi un muerto gozoso

vacío en el vacío eléctrico

No sé por qué no te di la mano, no sé por qué

no te constaté el cuerpo

desvanecidos, afilados, solos del otro

así nos hiere la música

y tú lo sabías ¿no es cierto?

Desde el principio

Compañero,

he venido a decirte que quiero contigo

lo que el mendigo tiene con el perro callejero

que podamos explicar «No es mío, pero anda conmigo»

y que la ciudad entienda que nuestro amor es peregrino

y político, porque yo he venido aquí para luchar en tu trinchera

a cargar en mi lengua los barros que nos germinen

un pedernal húmedo en la boca

Te anidaré ratones entre los muslos con que llevar hasta

las calles el calor de la plaga.

Amor mío, edecán,

marcharemos por los barrios viejos

felices como piezas rotas que se juntan y no coinciden

y en ese esguince habrá un vórtice, yo qué sé

una tormenta eléctrica

por la entrenubes un sendero

también de feroces torceduras

pero derechito, derechito

a alguna parte

allí

Brooklyn, principios de febrero

Llevo como dos horas y media viendo Mozart in the jungle y mi ordenador dice que todavía tiene batería para 103 días y una hora. Sospecho que mi ordenador consume esteroides. Es el primer domingo en casa después de meses. Esta mañana fuimos con Ana y Lara a ver la cabalgata del año nuevo chino. Todo muy rojo, dorado y colgantero. Feliz año del gallo. Todo muy naif. Los desfiles, por precarios que sean, siempre me ponen contenta. Hace unas semanas, en Madrid, me pasé una tarde del cinco de enero viendo la cabalgata de reyes. Hay algo muy absurdo en ellos que me da risa, no una risa cínica y distanciada. No. Es algo de infancia que vuelve con los dragones y las señoras sonriendo desde las carrozas. Esa pequeña brecha que se abre en el mar de cutrerío y espumillón por donde se deja ver tímidamente, un momento apenas, la fantasía.

Después fuimos a terminar de celebrar con dumplins de sopa y cerdo agridulce. Todo muy chino, es decir, muy newyorkino. A la vuelta he leído a Deleuze, maravilloso como siempre pero hoy un poco más: Tratado de nomadología. Me he comprado en Amazon una cafetera expresso muy barata: traje café de Cuba y de pronto, inesperadamente hasta para mí, he desarrollado un intenso snobismo en cuestión de café. Atravieso un periodo sutilmente hedonista, diría que bastante burgués. No es cuestión de nada más que de una tranquilidad, en gran medida económica, que se traduce en que me permito hacer algunas cosas que antes no, como viajar a sitios y comprar pantalones en H&M así como cafeteras por Amazon y, por último, disfrutar un poco más y un poco mejor de la ciudad.

Creo que, además de dar la batalla en la calle, parte de lo que nos toca a los emigrantes en la Era Trump consiste en hacernos dueños del espacio. Dejar de pedir perdón o permiso. Disfrutar de la tierra re-conquistada. Mi pequeña revolución consiste en que ahora, además de indignarme, le espeto mis críticas (en castellano, claro, por ahora no tienen por qué entenderme) a la gente que se comporta de forma desconsiderada en la vía pública. Sobre todo a hombres blancos que no se apartan en la vereda cuando vas cargada ni te dejan salir antes de entrar en el metro. Aunque tengo que decir que la mayoría de los hombres blancos de Nueva York, y de las mujeres y hombres de todos los colores, son un encanto. Pero bueno, mi máquina para la justicia pasa por hacer pública mi cólera cuando esta está justificada, ejercer mi derecho a rabia. Por primera vez en este país.

La otra cosa que hago es sencilla, paseo, disfruto, sonrío, obligo a los azafatos de los aviones a hablarme en castellano, aunque les entiendo perfectamente en inglés, me compro una cafetera expresso para no tener que beber su insípido y acuoso brebaje, los quiero a ratos, confabulo en su contra o a su favor…según se mire. Vuelvo contenta a esta ciudad, a este país, porque tengo derecho, espero paciente la línea, sonrío a la señora de aduanas, a todo el mundo. Y es una sonrisa de verdad, una sonrisa nómada, bereber, deleuziana; y es un arma con la que sí puedes volar. Y la señora de aduanas me sonríe a mí. Y así con todo casi siempre.

DE QUIÉN ES LA CALLE

 

First we take Manhattan

Algunos iban dejando un surco de dulces lágrimas por la gran avenida

Vi las manos de una chica, apenas algo más que adolescente,

encrespadas como vides, a punto de romperse. Los ojos a gritos.

¿Quién era esa gente?

Las pantallas de sus teléfonos móviles alzadas orando a la multitud

la calzada de plata respirando brumas, recibiéndolos, aupándolos

calle arriba el azul eléctrico de los edificios haciendo eco de los cánticos.

En un andamio a la altura de la 57 andaban cinco siluetas colgadas, murciélagos

sonrientes zarandeándose sobre una colcha de cartones en los que el agua derretía

de a poco las consignas.

¿Quién era esa gente, digo, quién era yo?

Alguien corre a la otra esquina de la calle, alguien levanta los brazos como sacándose

el pullover de una modorra prolongada. Los cantos no cesan de hace horas.

Por sobre un coloso de bronce el helicóptero petardea como un arma acatarrada.

La ciudad descansa de la lluvia pero sus ríos aún descienden silenciosos la gran avenida.

Brooklyn, mediados de octubre

I

O escribo o todo se detiene, o escribo o las cosas que pasan no pasan en realidad. Ni siquiera tengo que enumerar los sucesos, basta con llenar unos renglones de una densa nada para que el tiempo que transita entre una y otra entrada de este diario escrito quede constatado.

II

Los momentos más clave de mi vida en Nueva York no aparecen en este diario, ya me he dado cuenta de eso. Tampoco las estancias en Madrid o Menorca. Y, sin embargo, ahí están, latiendo debajo de las palabras, esa pura superficie que todo lo esconde. A veces algún episodio concreto vuelve a mi cabeza, como clamando su derecho a rúbrica. Alguna noche lo intento, pero no puedo decirlo, no sé por qué, no me atormenta, es solo que…

III

En algún lugar dentro de mí se va construyendo un ovillo oscuro, un agujero en donde anida el miedo. Es un lugar incierto, construido con reflejos inaprehendibles. Ese lugar y yo nos ignoramos con displicencia, dos pacientes en la misma sala de espera que no quieren mirarse a los ojos por miedo a reconocerse.

IV

Sólo sé huir hacia delante. Esta no es mía, creo que es de Batania o no sé. Pero me sirve.

V

Todo lo demás es un éxito inapelable. Las clases, bien, las conferencias, el proyecto académico, los amigos, el chico, el verano que parece haber olvidado algo y ha vuelto esta semana a buscarlo. A veces Lara pasa por debajo de mi ventana y me grita, entonces todo Brooklyn se vuelve aldea y dan ganas de tender la ropa en la ventana y asfaltar las calles de albero para que pasen cómodas las bestias. Todo tiene un aroma de estación intermedia entre la calima y el huracán. Que venga y que me encuentre con los amarres desatados, alargando la mano, que acepto el baile que se me ofrece.

siete

Después de años sufriendo los fantasmas de otros por fin estoy engordando los míos propios.