DE QUIÉN ES LA CALLE

 

First we take Manhattan

Algunos iban dejando un surco de dulces lágrimas por la gran avenida

Vi las manos de una chica, apenas algo más que adolescente,

encrespadas como vides, a punto de romperse. Los ojos a gritos.

¿Quién era esa gente?

Las pantallas de sus teléfonos móviles alzadas orando a la multitud

la calzada de plata respirando brumas, recibiéndolos, aupándolos

calle arriba el azul eléctrico de los edificios haciendo eco de los cánticos.

En un andamio a la altura de la 57 andaban cinco siluetas colgadas, murciélagos

sonrientes zarandeándose sobre una colcha de cartones en los que el agua derretía

de a poco las consignas.

¿Quién era esa gente, digo, quién era yo?

Alguien corre a la otra esquina de la calle, alguien levanta los brazos como sacándose

el pullover de una modorra prolongada. Los cantos no cesan de hace horas.

Por sobre un coloso de bronce el helicóptero petardea como un arma acatarrada.

La ciudad descansa de la lluvia pero sus ríos aún descienden silenciosos la gran avenida.

Este invierno

Él era como un desierto tumbado a contemplar el mundo, lo único que yo pedía era la oportunidad de ir viéndole nacer las canas, una a una. Entre el café de las siete y la desesperante reunión de las once, en la sien rompiendo como un glaciar el paso del tiempo. Ser el testigo primero y último de las experiencias arremetiendo contra sus rompeolas, atestiguando la forma en que embellecía a cada momento, una arruga en el acabose de la comisura de su sonrisa, la forma en que colonizaba su propio rostro llenándolo de momentos definitivos. Si se esforzaba, por ejemplo, en diseñar aquel embate del alfil contra la reina, ir viendo cómo clareaba en la cúspide de su frente una victoria. Las ideas con que retaba a este mundo que es aburrido, que camina despacio por el diapasón de los siglos, y él consumiéndose a toda velocidad para dejar una mancha de café en alguna esquina y que la leyesen los druidas de las leyendas todavía no escritas. Y yo, educada en esta ambición del ser contra su rostro, del cuerpo contra sus fronteras, y tras haber aprendido la vieja cuestión de dejar atrás los sueños de un solo protagonista, ahora, desentendiendo el mundo que para mí había sido conquistado, entregada a la incógnita de su pelo por el que habrán de cruzar los años dejando una estela de nieve.

Línea quebrada

Una imagen rota,

por ejemplo: un cirolo sin apellido,

un candelabro deshonesto,

la constitución secreta de los tropeles,

el nudo de pan que guardan en su barriga los botijos.

Todo cae

sobretodo yo

Me pertenecen mis silencios, aunque se vuelvan contra mí

a veces tengo miedo

y me fallan las palabras y tengo miedo

y solo tengo eso

y le pertenezco

Una pata sin mesa no es pata, es palo;

la mesa, dice Bueno, es el suelo de las manos

El suelo de los pies se dice frío

Me gusta la aventura pero no me gustan las misiones,

dice Manuela

¿Y yo?

Soy una frontera que solo sucede fuera de sí misma

callo porque le pertenezco a las palabras

altivas, putas

que se venden pero nunca develan su secreto

El niño que está aprendiendo a caminar tropieza

y, de pronto, descubre el baile

Hay que tener cuidado con las conclusiones, dice Germán,

y ahí se detiene.  Y yo.

Midtown, los arrabales

Mi nombre es Juan Pérez, yo fui el soldado desconocido. En todas las bocacalles de esta ciudad se levantan monumentos para cantar mi memoria. Enormes cajas de ladrillo donde encauzar la periferia, dibujan pasillos sin nombre, quinta, veintitrés derecha, ciento dieciocho izquierda, en este polígono industrial construido de anaquel sobre anaquel. Mi nombre es Juan Pérez y vivo en un galpón cualquiera del extrarradio, Midtown, New York. Yo nunca fui amigo del orden, iba saltando de casilla en casilla, ora peón, ora la torre Metropolitan coloso desenfocado siempre en las fotografías. Alguien en una carreta pasea las piezas coloridas, de la octava a la duodécima, de Houston a Lexinton av, altura donde el vértigo se convierte en corredor, recreo de vendavales,  y un niño borracho y caprichoso levanta la siguiente altura de megablocks. La sombra del Empire State es alargada.

Mi nombre es John Smith, de los Smith de la periferia, Mitown, Nueva York. Yo tuve un centro que ya no aparece en los mapas. Lo derribaron. Y en el fondo una tumba donde se ve el mar, y una inscripción, y dentro una colonia de huesos y una calavera sin sonrisa, y en el hueco donde la sonrisa una baldosa kilómetro cero, y encima una Notre Dame de musgo amarillo. Yo tuve un centro, no era un gran centro pero los hombres lo miraban y después cantaban.

Mi nombre es Jun Li, yo soy el soldado desconocido justo antes de desertar. Ahora paseo un cuerpo sin equilibrio por los suburbios de Nueva York, fifh avenue, elegía de píxeles. Escribo números en las veredas, relleno las celdas de este enorme libro de cuentas donde han de quedar fijados los impagos del mundo a todos los Juan Pérez, los Jonh Smith que fueron arrancados de la cuna en mitad de la noche para ser entregados dulcemente en las manos de alquitrán de las nodrizas del progreso.

Yo tuve un jardín, y en el centro un reloj de musgo detenido que señalaba el campo batalla. El frente. La puerta de salida. Mi nombre es Jeanne Mohamed Salem, yo fui el vientre de las generaciones. Partisana de cabotaje escondida en las bodegas del hambre, escaladora de poniente hasta los arrabales del mundo. Desmadejo las calles del Midtown, acuno junto a mi pecho a los peregrinos del ensanche  que lloran los alcoholes del mediodía, y recitan con acento extranjero la lista de galones, las guerras perdidas, los nombres olvidados en las lápidas.

Gregal

Se han volado los amarres. Lo veo alejarse en el retrovisor, acabo de dejarlo varado frente al aeropuerto como quien abandona a un naufrago justo después de naufragarlo, como quien libera a un animal que nos mira desorientado porque ha vivido siempre en cautiverio. Soy el ideólogo de la honradez que, en su última hora, vende su alma por unos dátiles, una promesa calmosa, ningún gran reino solo unas horas de paz después de haber luchado. Él, que ha dejado su rastro andariego por las esquinas del territorio antes del exilio, era la bandera que yo enarbolaba, mi escudo de batalla, mi templo, la ciudad que defendía a diario del asedio. Ahora, si vuelvo la vista adonde él me ocupaba, solo está el hueco apretado y casi-sólido de un espejismo que abruptamente se desvanece. De lo que no me cabe duda, mientras el volante del coche vibra un poco bajo mis manos y ronronea bajo el asiento el motor todavía frío, es que soy yo la que se está yendo. Que soy yo quien abandona este terrón del mundo. Desde el corazón gélido de Europa la norestada hincha las velas que descienden nuestro barco a los lindes y es un viento denso que ya me pesa a la altura de los hombros, levanta las alas de tu avión. ¿Cuántos segundos dilatan la memoria del pez o del pájaro?, esa raza a la que perteneces junto con todos los demás peregrinos. Tendré, otra vez, que aprender a conocerme y fondear mi sombra quebradiza en una isla imposible sin viento donde inventar una palabra que no corone el sello de tu voz.

Lo que falta en los huecos

Tu nombre cifra las normas de circulación y vuelo de los insectos, para qué seguir escribiéndote si alcanza con decir que eres un géiser. Los libros sobre los que nos quedábamos dormidos, como salamandras asoleándose, no decían nada. Imaginamos cada letra la tinta dispuesta en ribetes que parecen pequeñas cuchillas y los dedos con que nos tocábamos se cuarteaban sin sangrar a lo que avanzaban ringleras invisibles, papel desmemoriado. Nadie dirá nada sobre esto, porque todas las palabras son huecas. Yo quiero llenarlas de pólvora. Algunas nuestras como fabergé descansan en las repisas de los museos sobre leyendas escuetas «Aquí el daño. Palabra sobre viento. 2008» o «Aquí el amor. Espejismo en bits y bytes. 2014». Nuestra historia troquelada en los mapas, territorio desconocido. Qué rápido baja este vaso de whisky y qué despaciosos se alternan tus pasos, pespunte del tramo suelto de un país vecino. Y sin embargo, es lo mismo.

El último

Todo duerme, menos los árboles ladrando a las ventanas sus hojas casi muertas feroz frufrú amenazando algún final. Los bolsillos llenos de desidia dentro de las casas las ropas cáscaras vacías observan desde su silla amontonadas los sueños. La ciudad entera se aburre bajo una llovizna ingrávida. Los carteles de salida tiemblan justo antes de apagarse, el fogonazo verde al terminarse hiere el asfalto, extendido como un reptil al que alcanza de pronto un rayo. Escuchas tus pasos de último, adelantas bajo el farol tu sombra de último, tus manos entumecidas de último sacuden el aire a tu costado, zangolotean deshaciendo la humedad. De no ser por el claqueteo de tus suelas de último se diría que nadas calle abajo. Tu único rastro es el humillo del cigarro, una hebra floja que pronto desiste. Esta noche te frunce, nadie sería feliz montado en tu vagón. Te imagino alto y blanquísimo, el pelo desairadamente negro. Envuelto en pieles sintéticas, los dientes fogonazo nácar que disfraza de sonrisa la última embestida de anfetamina en las sienes. Parado de pronto a mitad de la cuesta de San Vicente, cansado y, por qué no, decidido a detener una vez más el tiempo. Extiendes la frente que ha poco se ocultaba entre solapas, el cuello de tortuga cansada, todo tu cuerpo  tiembla entregado al aire cuchillo que te pegotea el pelo y se cuelga de las pestañas como si hubieras llorado. Esta ciudad, fatiga a escala de grises, ni se molesta en darte la espalda. Mueves la punta de un zapato reconociendo el suelo, estrechas el abrigo contra la carne y te lanzas de nuevo cuesta abajo.