Una luz

lo que sea por una luz

en esta ciudad eléctrica

de interruptores dados

y fría de junio y diciembre

¿soy yo migrante?

no sé

solo quiero una luz

que nos guarde

Debajo de la lengua la saliva

que amarga el tiempo y oscurece la piel

la ceniza

solo la ceniza

de una hoguera que no prende

¿A qué he venido yo a esta ciudad?

A ser qué

¿una nochecita toda que deambula?

una nochecita calma que anda por allí

como si no fuera la noche ya bastante vieja

y bastante grande

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Era de noche y yo dormía

Una mujer muy vieja, un cementerio

alguien interrumpió el silencio

que se llenó de espadas

y de bruma

“Calla, pésimo guerrero”

era la voz de la vieja

una voz bronca, oscura

fuerte y reprensiva.

Hacía frío, porque en mi cuarto

llegaba de a poco el otoño y

había dejado abierta la ventana

Algo se mueve en la sombra

y la mujer tan vieja con esa voz ferrosa

–ahora pienso que quizás

no era

una mujer, una bruja de humo—

¿A quién reprendía?

Como una voluta salta entre lápidas

y escapa un animal

“Se fue gato, no varón”

Y me despierto y no sé muy bien

qué hacer con todo esto.

Frente al arco de Washington Square Park

dos extranjeros discuten, bailan, tropiezan

se abrazan y, al igual que los indios,

apoyan la oreja en las palabras de tiza

Es de noche, hace rato que arrancó

el tránsito silencioso de las ratas

Él más alto recrimina al otro con el dedo

como a un niño, niega con la cabeza,

lo besa en la boca

“Si esto fuera París, mon frere,

—le dice—

entonces lo sabríamos”

¡Allá voy! ¡Al este! ¡Hacia la noche!

a donde el tiempo viene

como una sombra sólida

La noche avanza rompe en sus orillas

las fronteras de las patrias los tontos muros

y cobardes, mientras las gentes duermen

como en el fondo de un lago, al este donde

la ley es la noche y temporera

nos busca, nos acuna, nos susurra

los himnos del filibustero y nómada

Yo quiero pedirle asilo a la noche, a mis

hermanas que sueñan bajo su agua negra

a su país hecho de tiempo y corrientes

Compañero,

he venido a decirte que quiero contigo

lo que el mendigo tiene con el perro callejero

que podamos explicar «No es mío, pero anda conmigo»

y que la ciudad entienda que nuestro amor es peregrino

y político, porque yo he venido aquí para luchar en tu trinchera

a cargar en mi lengua los barros que nos germinen

un pedernal húmedo en la boca

Te anidaré ratones entre los muslos con que llevar hasta

las calles el calor de la plaga.

Amor mío, edecán,

marcharemos por los barrios viejos

felices como piezas rotas que se juntan y no coinciden

y en ese esguince habrá un vórtice, yo qué sé

una tormenta eléctrica

por la entrenubes un sendero

también de feroces torceduras

pero derechito, derechito

a alguna parte

allí

DE QUIÉN ES LA CALLE

 

First we take Manhattan

Algunos iban dejando un surco de dulces lágrimas por la gran avenida

Vi las manos de una chica, apenas algo más que adolescente,

encrespadas como vides, a punto de romperse. Los ojos a gritos.

¿Quién era esa gente?

Las pantallas de sus teléfonos móviles alzadas orando a la multitud

la calzada de plata respirando brumas, recibiéndolos, aupándolos

calle arriba el azul eléctrico de los edificios haciendo eco de los cánticos.

En un andamio a la altura de la 57 andaban cinco siluetas colgadas, murciélagos

sonrientes zarandeándose sobre una colcha de cartones en los que el agua derretía

de a poco las consignas.

¿Quién era esa gente, digo, quién era yo?

Alguien corre a la otra esquina de la calle, alguien levanta los brazos como sacándose

el pullover de una modorra prolongada. Los cantos no cesan de hace horas.

Por sobre un coloso de bronce el helicóptero petardea como un arma acatarrada.

La ciudad descansa de la lluvia pero sus ríos aún descienden silenciosos la gran avenida.

Este invierno

Él era como un desierto tumbado a contemplar el mundo, lo único que yo pedía era la oportunidad de ir viéndole nacer las canas, una a una. Entre el café de las siete y la desesperante reunión de las once, en la sien rompiendo como un glaciar el paso del tiempo. Ser el testigo primero y último de las experiencias arremetiendo contra sus rompeolas, atestiguando la forma en que embellecía a cada momento, una arruga en el acabose de la comisura de su sonrisa, la forma en que colonizaba su propio rostro llenándolo de momentos definitivos. Si se esforzaba, por ejemplo, en diseñar aquel embate del alfil contra la reina, ir viendo cómo clareaba en la cúspide de su frente una victoria. Las ideas con que retaba a este mundo que es aburrido, que camina despacio por el diapasón de los siglos, y él consumiéndose a toda velocidad para dejar una mancha de café en alguna esquina y que la leyesen los druidas de las leyendas todavía no escritas. Y yo, educada en esta ambición del ser contra su rostro, del cuerpo contra sus fronteras, y tras haber aprendido la vieja cuestión de dejar atrás los sueños de un solo protagonista, ahora, desentendiendo el mundo que para mí había sido conquistado, entregada a la incógnita de su pelo por el que habrán de cruzar los años dejando una estela de nieve.