Brooklyn, finales de abril

I

Viernes noche en casa para escribir. He tomado la decisión taxativa de dejar de aplazar el acto de la escritura, y de la lectura. Leer en el metro, en el baño, mientras espero que termine la lavadora. Dejar de hacer cosas para escribir, como si yo misma llevara dentro al padre de Paco de Lucía. No salir, no ver pelis, dejar de lado todas esas cosas con las que me ha acostumbrado a llenarme el tiempo de vacío. Comportarme como una obsesiva, inducirme la obsesión, para terminar de una puta vez algo de lo que empiezo.

II

Viernes noche literaria, yo contra el ordena, yo contra la novela de Agnus. Yo contra mi cuento sobre Cuba. Se me acaba el whisky antes que el cuento. Juro ante este Blog Institución en la que cifro mis compromisos vocacionales, que esto no va a detenerme.

III

La clave es dejar de pensar que la vida tiene algo más interesante que ofrecer, porque no lo tiene. Y cuando lo tenga, que venga a buscarme que aquí me va a encontrar.

IV

Te buscaba para encontrar Buenos Aires, no me había dado cuenta de que Buenos Aires era yo, que ahora se derrama apaciblemente entre mis dedos hacia la noche newyorkina.

Brooklyn, principios de febrero

Llevo como dos horas y media viendo Mozart in the jungle y mi ordenador dice que todavía tiene batería para 103 días y una hora. Sospecho que mi ordenador consume esteroides. Es el primer domingo en casa después de meses. Esta mañana fuimos con Ana y Lara a ver la cabalgata del año nuevo chino. Todo muy rojo, dorado y colgantero. Feliz año del gallo. Todo muy naif. Los desfiles, por precarios que sean, siempre me ponen contenta. Hace unas semanas, en Madrid, me pasé una tarde del cinco de enero viendo la cabalgata de reyes. Hay algo muy absurdo en ellos que me da risa, no una risa cínica y distanciada. No. Es algo de infancia que vuelve con los dragones y las señoras sonriendo desde las carrozas. Esa pequeña brecha que se abre en el mar de cutrerío y espumillón por donde se deja ver tímidamente, un momento apenas, la fantasía.

Después fuimos a terminar de celebrar con dumplins de sopa y cerdo agridulce. Todo muy chino, es decir, muy newyorkino. A la vuelta he leído a Deleuze, maravilloso como siempre pero hoy un poco más: Tratado de nomadología. Me he comprado en Amazon una cafetera expresso muy barata: traje café de Cuba y de pronto, inesperadamente hasta para mí, he desarrollado un intenso snobismo en cuestión de café. Atravieso un periodo sutilmente hedonista, diría que bastante burgués. No es cuestión de nada más que de una tranquilidad, en gran medida económica, que se traduce en que me permito hacer algunas cosas que antes no, como viajar a sitios y comprar pantalones en H&M así como cafeteras por Amazon y, por último, disfrutar un poco más y un poco mejor de la ciudad.

Creo que, además de dar la batalla en la calle, parte de lo que nos toca a los emigrantes en la Era Trump consiste en hacernos dueños del espacio. Dejar de pedir perdón o permiso. Disfrutar de la tierra re-conquistada. Mi pequeña revolución consiste en que ahora, además de indignarme, le espeto mis críticas (en castellano, claro, por ahora no tienen por qué entenderme) a la gente que se comporta de forma desconsiderada en la vía pública. Sobre todo a hombres blancos que no se apartan en la vereda cuando vas cargada ni te dejan salir antes de entrar en el metro. Aunque tengo que decir que la mayoría de los hombres blancos de Nueva York, y de las mujeres y hombres de todos los colores, son un encanto. Pero bueno, mi máquina para la justicia pasa por hacer pública mi cólera cuando esta está justificada, ejercer mi derecho a rabia. Por primera vez en este país.

La otra cosa que hago es sencilla, paseo, disfruto, sonrío, obligo a los azafatos de los aviones a hablarme en castellano, aunque les entiendo perfectamente en inglés, me compro una cafetera expresso para no tener que beber su insípido y acuoso brebaje, los quiero a ratos, confabulo en su contra o a su favor…según se mire. Vuelvo contenta a esta ciudad, a este país, porque tengo derecho, espero paciente la línea, sonrío a la señora de aduanas, a todo el mundo. Y es una sonrisa de verdad, una sonrisa nómada, bereber, deleuziana; y es un arma con la que sí puedes volar. Y la señora de aduanas me sonríe a mí. Y así con todo casi siempre.

Brooklyn, principios de diciembre

Hace un frío de cruce de calles y Nueva York tiene esa luz azul (hermoso palíndromo) que se le pone a veces a la última hora de la tarde cuando el día se va pero sus restos se quedan ateridos como escarcha en los muros de los rascacielos. Entiendo perfectamente el nombre que George Gershwin le puso a su composición sobre la ciudad. Se trata de un Nueva York que hubiera hecho las delicias del Picasso de principitos de siglo.  Rapsodia azul, y hasta los turistas con sus compras a rastras están envueltos en una alucinada nebulosa, como si la vista de uno los estuviera grabando con ese film tan de los años noventa que le daba al mundo un tono frío y atenuado. Todo flota, quiero decir, todo parece vago y frágil. Esa mujer con un ojo de cristal, los adolescentes chinos que escupe la boca de metro, el chico embozado que fuma a la salida del Peter Dillons. Podría una con facilidad imaginar que la isla viaja a la deriva hacia algún norte gélido y la bruma nos empieza a enfebrecer el sentido, nos quedamos dormidos y despertamos en el sueño de otra ciudad, más lenta, más silenciosa.

Y es imposible quitarse esta modorra de encima, nos ensimismamos, nos encerramos en nosotros mismos para no perder el calor, cerrados sobre el propio cuerpo como una caverna sellada. Nada tiene demasiado sentido estos días y no importa, no se emprenden grandes gestas, no se responden preguntas primordiales, a nadie se le ocurre abrirse el pecho y ponerse a tiro de lanza… Se trata sencillamente, otra vez, de pasar el invierno. En esto no somos muy distintos de nuestros hermanos los árboles.

El convidado de piedra

Todos tenemos un límite block out. Una frontera infranqueable que con la que el otro suele chocar frontalmente a través del diálogo. La conversación empieza como un tanteo, una deriva sinuosa en la que vas dibujando, a través de una especie de tacto discursivo, la silueta del otro; aquí una protuberancia, aquí un recoveco suave, aquí una espina. Lo más normal es que tu interlocutor se deje hacer, acariciar en sus límites. Lo primero que tocas es casi siempre una cáscara, un exoesqueleto del que fácilmente nos desprendemos cuando nos van gustando las cosquillas. Debajo de estos petos pronto descubriremos las nuevas texturas, las de verdad. Entonces empieza, no de golpe, sino remiso siempre, el sadismo. No es una crueldad especial (de especie), se trata de corroborar la certidumbre del otro y, después de aprehenderlo, desubicarlo, ponerlo a la luz más bien para que él se vea. El amor tiene algo de eso.

Pero hay un momento que siempre llega, el límite block out. Esta barrera es diferente en cada cual, y está construida con sedimentos de memoria y fantasmas. No creo que toda caverna tenga una palabra mágica con la que abrirla, pero toda caverna tiene una palabra con la que cerrarse. Y siempre damos con ella accidentalmente, entonces algo se vuelve irreversible, no queda allí nada que olfatear más que un trozo de densa piedra o la traza de una huida. Todo camino se trunca irremediablemente. La muerte y el amor se parecen en eso, excepto en que el amor arriesga.

DE QUIÉN ES LA CALLE

 

First we take Manhattan

Algunos iban dejando un surco de dulces lágrimas por la gran avenida

Vi las manos de una chica, apenas algo más que adolescente,

encrespadas como vides, a punto de romperse. Los ojos a gritos.

¿Quién era esa gente?

Las pantallas de sus teléfonos móviles alzadas orando a la multitud

la calzada de plata respirando brumas, recibiéndolos, aupándolos

calle arriba el azul eléctrico de los edificios haciendo eco de los cánticos.

En un andamio a la altura de la 57 andaban cinco siluetas colgadas, murciélagos

sonrientes zarandeándose sobre una colcha de cartones en los que el agua derretía

de a poco las consignas.

¿Quién era esa gente, digo, quién era yo?

Alguien corre a la otra esquina de la calle, alguien levanta los brazos como sacándose

el pullover de una modorra prolongada. Los cantos no cesan de hace horas.

Por sobre un coloso de bronce el helicóptero petardea como un arma acatarrada.

La ciudad descansa de la lluvia pero sus ríos aún descienden silenciosos la gran avenida.

Brooklyn, finales de octubre

Todos tenemos issues en esta ciudad, nadie sale entero de aquí. Y el peor momento es cuando te das cuenta de eso, de que el monstruo esquizoide que te está creciendo en el estómago es fauna autóctona de Nueva York y entonces empiezas a justificarlo, a darle de comer. Te miras la panza, en lugar exacto en el que crece el nudo y lo miras con-cariño-casi-maternal. Ese momento en que, al contrario de lo que pensabas, descubres que la ciudad es tu huésped (parásito y huésped son sinónimos), que lo llevas contigo, y empiezas a tratarlo con complacencia

Supongo que la fórmula adecuada sería ignorarlo, pero es difícil. Ese oportunista que se alimenta de tu energía te devuelve el favor en forma de extraña, abrupta y trágica autoconciencia, pareciera que tú eres más tú cuando abrazas de corazón tus traumas, estos traumas con los que la ciudad te obsequia, el regalo de bienvenida en la almohada del hotel, el mensajito hermético dentro de la galleta de la suerte, escrito en un inglés extraño, anquilosado, quizá por eso todavía más turbador a pesar de su aparente falta de sentido. Pero habría que ignorar al monstruo hasta el punto de siquiera intentar deshacerse de él, aprender a ser feliz a pesar del monstruo, con el monstruo acurrucado en la panza y sin alarmarse de sus sacudidas. Salir a conocer a los hospedadores de otros monstruos y cenar comida tailandesa sin mencionarlos, sin mirarle al otro el ombligo adivinando los temblores. Quizá en algún momento hacer alguna alusión indirecta, muy velada, simplemente para constatar que el otro mantiene una igual relación de displicencia con su huésped, asegurarnos que no tenemos delante a un obseso de la negación, a un enfermo que a la larga terminará rompiendo en pedazos la cuarta pared para hacerse una catarsis-newyorkina.

Por lo demás, nada nos asegura que el ovillo de monstruo en la boca del estómago no vaya a seguir creciendo, a pesar de nuestra indolencia, hasta hacerse con todo, hasta ocuparnos y ser nosotros ya solo monstruo, ya solo Nueva York.

Brooklyn, mediados de octubre

I

O escribo o todo se detiene, o escribo o las cosas que pasan no pasan en realidad. Ni siquiera tengo que enumerar los sucesos, basta con llenar unos renglones de una densa nada para que el tiempo que transita entre una y otra entrada de este diario escrito quede constatado.

II

Los momentos más clave de mi vida en Nueva York no aparecen en este diario, ya me he dado cuenta de eso. Tampoco las estancias en Madrid o Menorca. Y, sin embargo, ahí están, latiendo debajo de las palabras, esa pura superficie que todo lo esconde. A veces algún episodio concreto vuelve a mi cabeza, como clamando su derecho a rúbrica. Alguna noche lo intento, pero no puedo decirlo, no sé por qué, no me atormenta, es solo que…

III

En algún lugar dentro de mí se va construyendo un ovillo oscuro, un agujero en donde anida el miedo. Es un lugar incierto, construido con reflejos inaprehendibles. Ese lugar y yo nos ignoramos con displicencia, dos pacientes en la misma sala de espera que no quieren mirarse a los ojos por miedo a reconocerse.

IV

Sólo sé huir hacia delante. Esta no es mía, creo que es de Batania o no sé. Pero me sirve.

V

Todo lo demás es un éxito inapelable. Las clases, bien, las conferencias, el proyecto académico, los amigos, el chico, el verano que parece haber olvidado algo y ha vuelto esta semana a buscarlo. A veces Lara pasa por debajo de mi ventana y me grita, entonces todo Brooklyn se vuelve aldea y dan ganas de tender la ropa en la ventana y asfaltar las calles de albero para que pasen cómodas las bestias. Todo tiene un aroma de estación intermedia entre la calima y el huracán. Que venga y que me encuentre con los amarres desatados, alargando la mano, que acepto el baile que se me ofrece.

siete

Después de años sufriendo los fantasmas de otros por fin estoy engordando los míos propios.