Ojalá hubiera algo aquí mi vida
vida mía ojalá hubiera algo aquí para darte
Pero quien de la suerte se hace
no acumula sino celeste deuda
No de yo me hago lo que no hay, lo que
no tengo. Sin ser yo que los otros nos
hacen te dan me tienen lo sueltan
mi vida la vuestra que hubiera un poco de nos
con que dar amor y a cambio dar amor
y a cambio dar de Ser que todas sean
Ay mi amor mío de que con eso jugamos
al mundo, el amor, los acertijos
todo lo que suele resolverse siempre
hacia afuera

Datacenters

Salvémonos de la memoria antes de que ardan los servidores
Pompeyas de datos en el desierto del Gobi
una plaga de melodías sordas
arrancadas de sordos pianos
porquería digital calcinada bajo tormentas solares
incapaz de sobrevivirnos / estupideces cifradas
granjas de Oklahoma donde germina una Historia chueca
que creemos tallar en el aire con la punta dulce de los dedos
aguardando a la intemperie en sus tumbas de plástico negro

Escribir no el descenso de los granos de un reloj de arena que en su tormenta se agota
sino como quien en la cama de un hospital
postrada y rabiosamente enferma
mira vaciarse en su cuerpo el gotero, ajeno y frío y
dando vida a la vida que tiembla
La poesía, o más bien esta poesía que aquí escribo,
como un gesto mecánico de látex y fármacos que, con todo, nos sostiene.
Pudiera ser que en el tiempo la nada vaya pujando su terreno
onza a onza haciendo del deseo una parcela baldía y poco más,
como los golpes de ácido cada vez más tenues. Entonces el poema,
este poema, quizás pueda reparar con su artificio algo, por un tiempo,
de lo ya consumido, suplantar lo que de su belleza se nos arrebató.  

Exilio

De alguna forma sí es exilio, porque soñamos con volver y no encontramos la manera. Es exilio en lo que sentadas en las barras de los bares no sabemos hablar de otra cosa, España, Argentina, Puerto Rico… de lo que allí pasa, de lo que dice la prensa, de lo que nos cuentan las amigas y los mentideros. Es exilio si no nos cansamos de hacer planes de huida, y cuando se nos agotan los planes nos quedamos muy serias mirando al otro lado de la barra, como quien observa el mar, el ciclo migratorio de los pájaros. No es exilio, dicen, porque no hubo guerra, pero –sea o no sea– claro que sí hay la guerra, la de a diario, y el miedo, la guerra con que nos ganan el miedo de volver a quedar como salimos, con dos maletas de ropa frente a las puertas abiertas de la nada.

Menorca, finales de julio

Vuelvo a mis viejos diarios y me aterra encontrarme con mi antigua grafomanía. Escribía sin grilletes y con una falta de pudor que rozaba lo insensato. Y lo que asusta es que toda esa copiosidad e incontinencia hayan desaparecido. Y cómo he perdido, también, el hábito de la metáfora. Esa prosa juguetona sobre la que tantas promesas me hice (y me hicieron) agoniza hoy, frígida la lengua rompe en sollozos secos. Antes conejitos, una fiesta del hablar por hablar, hoy burbujas de ceniza que a duras penas consigo hacer romper en la orilla de la boca. Voy por este andar el tiempo que es un cegar uno a uno los muchos pasillos del laberinto y me pregunto en qué doblar la esquina desbaraté mi talento. Yo que hacía fueguitos con un chiscar los dedos y alimentaba su hoguera entre la pequeña caverna de mis manos de solo susurrarles tontas brujerías. Y creo, al cabo, que la vida es un juego que, cuando se pone uno a jugarlo en serio, pierde toda la gracia.

Solvencias

La poesía destruye la prosa
la prosa el verso
la academia ataja la metáfora
la consecuencia disuelve el vuelo
la ideología encorseta la lírica de lo impensado
“Tengo [treinta] años.
También mis ojos tienen [treinta] años”
Cada palabra erige una frontera
y aun así…