Una noche

En aquel tiempo, durante la fiesta enferma de la disciplina, hubo un día en el que fue legal pasear en mitad de la noche, pero no juntarse con personas con las que no vivieras. Así de absurda y frágil es la voz que hace la norma. El compromiso debía ser total, consumado, irremediable, sin dejar espacio para las historias que maceran el accidente y la incertidumbre en la que se gusta de estar el deseo, que es caprichoso. Esa misma noche en que lo que todavía se cocina andaba proscrito, se encontraron en los jardines de la Plaza de Oriente. Se sentaron en uno de los bancos de piedra. Cada cual miraba en una dirección, como en una película de espías. Así, observando el parque desde distintas perspectivas, mientras compartían palabras de romance y erotismo, se sintieron clandestinas y eso terminó de unirlas. La noche no estaba del todo fría y estuvieron así, lanzando relatos en direcciones opuestas para que las juntaran los vientos, hasta que andando cada quién en una acera, fueron marcándose el camino a casa por el rabillo del ojo, a una sola casa, donde pasarían la noche, a desobedecer.

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