Escribir no el descenso de los granos de un reloj de arena que en su tormenta se agota
sino como quien en la cama de un hospital
postrada y rabiosamente enferma
mira vaciarse en su cuerpo el gotero, ajeno y frío y
dando vida a la vida que tiembla
La poesía, o más bien esta poesía que aquí escribo,
como un gesto mecánico de látex y fármacos que, con todo, nos sostiene.
Pudiera ser que en el tiempo la nada vaya pujando su terreno
onza a onza haciendo del deseo una parcela baldía y poco más,
como los golpes de ácido cada vez más tenues. Entonces el poema,
este poema, quizás pueda reparar con su artificio algo, por un tiempo,
de lo ya consumido, suplantar lo que de su belleza se nos arrebató.  

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