Menorca, finales de julio

Vuelvo a mis viejos diarios y me aterra encontrarme con mi antigua grafomanía. Escribía sin grilletes y con una falta de pudor que rozaba lo insensato. Y lo que asusta es que toda esa copiosidad e incontinencia hayan desaparecido. Y cómo he perdido, también, el hábito de la metáfora. Esa prosa juguetona sobre la que tantas promesas me hice (y me hicieron) agoniza hoy, frígida la lengua rompe en sollozos secos. Antes conejitos, una fiesta del hablar por hablar, hoy burbujas de ceniza que a duras penas consigo hacer romper en la orilla de la boca. Voy por este andar el tiempo que es un cegar uno a uno los muchos pasillos del laberinto y me pregunto en qué doblar la esquina desbaraté mi talento. Yo que hacía fueguitos con un chiscar los dedos y alimentaba su hoguera entre la pequeña caverna de mis manos de solo susurrarles tontas brujerías. Y creo, al cabo, que la vida es un juego que, cuando se pone uno a jugarlo en serio, pierde toda la gracia.

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