Brooklyn, principios de septiembre

También la página en blanco es una suerte de patria a la que se vuelve, si después de mucho tiempo, con una extraña sensación de desahucio. Quizá no la página, el lector lo es. Imagino a una persona, a fuerza sin rostro, que el tiempo ha ido desdibujando, un antiguo amante al que se escribe en mitad de la noche y que contesta preguntando “¿Quién eres?, no tengo guardado este número” Y una sabe que a la fuerza tendrá que practicar cierta forma de elipsis como tras cualquier otra relación, buscar otro hombre sin rostro a quien colgarle cicatrices. La sensación de discontinuidad y puerto se hace por un momento casi imbatible. He empezado la misma página de este diario ya varias veces en días distintos, en meses, y esta escritura se me hace como un reptar de pesada serpiente. No recuerdo bien cómo erguirme en la palabra. ¿Tendrá sentido el diario de una que no pisa en firme? Uno sin anécdotas jocosas, sin momentos de terrena lucidez… Es obvio, si no tengo a quién mirar solo me estanco en las metáforas, la literatura de los cobardes que no se atreven a llamar las cosas por su nombre. Ella soy, aquella, lejos a la que no alcanzo a tocar si alargo el brazo y que a gritos no responde porque no me escucha. Y, sin embargo, aquí el balbuceo de su eco. La otra noche soñé por mucho rato que, estando muy cansada, me tumbaba en el suelo y ya no podía levantarme. Sacudía mi cuerpo tirado, me agitaba rodilla contra frente, brazo y cadera, conseguía casi sentarme, pero sin fuerza la mitad de mi cuerpo alzado caía por su propio peso. No quiero sonar tanto a tragedia, pero fue así y juro que estaba como despierta. Luego todo bien, la cerveza, el smog caliente de la ciudad, el olor a cigarro que molesta a mi compañera de piso, las peleas contra las impresoras de la universidad que han comenzado la primera huelga sindical de aparatos electrónicos que se registra en Occidente. Entonces algo pasa y te da mucha risa y piensas que tendrías que escribir sobre eso: como el abuelo de Ana, que se murió dos veces o cuando tenía el cerebro tan quemado la semana antes del examen que le puse tres sobres de azúcar al cubo de basura del dunkin donuts en vez de a mi café. También le dije a Francisco que a veces me daba la certeza de que me iba a morir sin haber terminado nada, sin haber llegado a ningún sitio. Y que sentía cierta tranquilidad con eso, con ser como el Aquiles que decidió quedarse. Y que no entiendo el valor estético de las gorras deportivas, que son tan feas que solo tienen sentido si cumplen la función para las que fueron creadas. “Son como los trajes de apicultor, le dije, como que no te lo pondrías para otra cosa” Y un negro gordo tocaba una trompeta que daba gusto, una cosa muy esquizoide en un sótano del Village. Y luego nos fuimos a casa. Y ya.

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