Brooklyn, mitad de mayo

I

Sobre los insecticidas con ambientador. Me parece que hay algo macabro en que un producto pensado para matar, además, deje buen olor. Desde hace un mes tenemos una plaga de polillas en casa, así que acabo de vaciar medio bote de Raid con olor a flores en el salón. La fragancia es, de hecho, muy agradable; por eso es difícil pensar que una sustancia tan delicada vaya a provocar el genocidio esperado. Es más, hay algo de las sirenas en este aroma, algo que invita al ser humano (probablemente no al insecto) a sentarte a disfrutar de la meliflua nube de veneno en el ambiente. No está bien.

II

En la víspera del 15M termino un paper sobre la Acampada Sol. Hay gente que, en 2016, habla sobre este asunto como un tema ya de memoria. Y no digo que no sea un abordaje pertinente, solo que me inquieta más bien mi propia sensación de presente cuando escribo sobre aquello. A pesar de los años y los cambios, sociales y vitales, de los que he sido testigo y protagonista, no consigo poner en medio toda la gramática de esta lucha un punto y aparte. Quizá es porque me perdí el levantamiento de la acampada y, tal vez, el desenlace de aquello consista para mí en una mera elipsis de función vaga. En cualquier caso, no quiero creer -y esto es un asunto ideológico mío- en que aquello que pasaba haya dejado de pasar. No quiero porque todavía espero grandes cosas de nosotros, cosas increíbles que nos sorprenderán sí, pero en las que volveremos a reconocernos cuando lleguen.

III

 Un guiño,

dame eso apenas, un poco

Si estamos despiertos

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