Brooklyn, principios de mayo

La globalización y, sobre todo, la revolución digital han propiciado un montón de nuevas maneras de volverse loco. Con cuántas conductas que rozan lo patológico coqueteamos a lo largo del día. Yo, por ejemplo, que constantemente me jacto de mi salud mental, me he convertido en un monstruo. No, no, en serio, en un monstruo. Estoy prácticamente segura de que mi forma de manejarme por las redes sociales estructuraría un maravilloso diagnóstico clínico, con sus síntomas, sus posibles causas y su necesaria prescripción de fármacos.

Por supuesto cuando salimos de internet todo vuelve a su lugar, encorbatados señores de familia, tribus de jóvenes displicentes, misántropos escritores de barra de bar… En concreto yo cruzo mi barrio practicando la perfecta media sonrisa de quien tiene todo en su sitio; pero qué fraude de sonrisa, si he profesionalizado tanto mis aptitudes de stalker que deberían llamarlo espeleología. He alcanzado tales profundidades que, cuando termino, solo encuentro oscuridad de océano y criaturas abisales.

Y mientras tanto, las otras ventanas, concretamente las transparentes de vidrio de mi habitación, devuelven una imagen de extrañada primavera: sombría, húmeda desganada. Como si ellas mismas supieran que, frente a las ventanas digitales y su amplio catálogo de demencias, su pequeño mercado, otrora fructuoso, ya no puede competir.

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