Brooklyn, principio de abril

Sueño con Celerino, en formas diferentes y con otros rostros, pero siempre es él. En mi sueño, sentado en el suelo y mirándome mirarme en el espejo dice “Te llevaría a bailar”. Yo tardo un segundo en entenderlo y cuando le pregunto me dice, sonriendo y apartando la mirada, “Mejor todavía no”. Cuando me despierto sé que el del sueño era Celerino porque una vez, en uno de sus cuentos, el protagonista encontraba una fotografía antigua y detrás de ella estaba escrito “Ya, pero todavía no”. Una vez, por su cumpleaños, desde España, hice que alguien anónimo le mandara esa misma frase por mensaje de texto a su teléfono en Argentina. Así nos reconocemos, así funciona esta forma de amor que hemos ido bordando durante años, a fuerza de dilatar los acontecimientos, postergando los eventos definitivos. Creo que ese juego fue la primera experiencia de una costumbre que ha terminado por fundar en mí una suerte de estética de la espera. He sido capaz de aguardar años para dar un primer beso, urdiendo planes sutiles, planeando pacíficas emboscadas de sábado por la tarde, observando tras la hierba alta mientras alguien, al otro lado, se acercaba a beber al arroyo.

No es que me pregunte cuánto de saludable habrá en esta forma mía de estar en el mundo, pero esta noche ando barruntando si no habrá otras formas mejores de matarse. Otros deportes en los que sufrir. Otras teologías cuyo sacrificio sea más letal que la angustia.

El otro día un profesor revelaba su brillante concepción de la historia; es difícil de explicar, pero va la cosa de hacer escombros el eje vertical. Tiene la historia su materialidad en el presente, en los objetos que nos preceden, que estaban aquí antes que nosotros, y también en los que faltan. No me quedó claro hasta qué punto esos fantasmas, que constantemente gritan su nombre reclamando volver, pero a los que resulta imposible encontrar en los museos, pertenecen o no al mundo, según lo entiende mi profesor. Creo que ese es el problema de mi método, el error de cálculo de haber cifrado la belleza en un proceso de Siempre la maldita zanahoria a medio paso de la frente. Porque alguna vez tocaba que la zanahoria empezara a perder color, comenzara a fruncirse sobre sí misma hasta descomponerse y, al final, se convirtiera en ceniza para zafarse del cordón que la retenía.

“¿En qué lugar ponemos las cosas que ya no están?”, le escribo a Celerino, mientras espero a que, un día por venir, me lleve a bailar.

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