Brooklyn, mediados de marzo

Varias personas me han expresado su preocupación por mi pérdida de peso (tres agujeritos del cinturón desde agosto). Al principio no le he dado ninguna importancia, como dice Isa, lo que hace esta ciudad es ponerte en tu peso. Después de meses de sedentarismo en la periferia de Madrid, Nueva York ha supuesto una vuelta a mi pasado andariego y urbanita. Sin embargo, esta mañana, al ponerme una camiseta que me regalaron por navidad, la he encontrado demasiado amplia, suelta en los hombros y los brazos. ¡Resulta que no estoy adelgazando, sino que estoy encogiendo!

Después de la primera reacción natural de sorpresa y pánico, y tras fumarme los mil cigarrillos que me fumo cada mañana frente al ordenador, elucubrando frente al espejo, me doy cuenta de que no sé de qué me sorprendo. Es normal que los altaneros rascacielos de Manhattan hayan hecho alguna meya en mi desproporcionado ego, y que esto se haya reflejado de alguna forma en las dimensiones de mi cuerpo. Por añadidura, es posible que las razones de la merma estén también en las lecturas que voy acumulando. A medida que leo voy haciéndome más insegura, me embrollo, me concentro en el agujero negro de las dudas, me hago, al cabo, más pequeña. Previsiblemente, cuando termine el doctorado cabré en un bolsillo.

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