Ruido

Los llaman ruido, pero son los olvidados exigiendo su invitación formal a la fiesta del fin del mundo. Ahora que ya está todo escrito, que la Historia rubricó su nombre al pie de la losa que sobrevivirá los cadáveres de nuestras gestas y gestores bajo ella, escucha por fin el ruido que perturbaba tu sueño, cuando de noche te dejabas caer agotado y legítimo. Ya no hay peligro, porque esta tierra colmada de ídolos agoniza puedes mirar los ojos del hambre y prometer próximo el desenlace que a todos nos redima, sentarlos a la mesa y cenar como si siempre hubiéramos sido parientes. Oírlos sin cuidado de desmadejar el entresijo de sus voces, buscar hacer de este ruido una forma nueva de armonía sin respuestas definitivas, sin ese afelpado tacto que antes se hacía imperioso en tu literatura. Sírveles vino de tu propia mano, fúndete en ellos, retrueca, sonríe sinceramente mientras el vecindario arde. No habrá justicia que no administre el reparto exacto y universal de la cicuta.

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