Brooklyn, finales de febrero

I

Caminando por mi calle en Bedstuy, el otro día, me encontré con unos cuantos libros que un vecino, probablemente cansado de su tormento, había dejado en la vereda para que dieran con otro pobre diablo. Albert Camus, Sartre, Derrida… La diabla fui yo. Antes de seguir mi camino con ellos en la mochila me quedé mirando fijamente a la ventana del brownstone del que a todas luces habían salido. Pensaba que debía tener truco, lo primero que se me ocurrió es que estuvieran infectados con termitas o algo parecido. Ahora cada vez que paso por esa casa amaino el ritmo, esperando algún día cruzarme con ese vecino que se dedica a extender por el barrio la maldición del descentramiento posmoderno.

II

En mi clase de Post-democracy hoy la profesora, Sussan Buck-Morss, no ha podido venir. Aun así la asistencia era obligatoria así que todos nos hemos reunido a charlar sobre un libro maravilloso de Kristin Ross donde revisa el imaginario político de la Comuna de París. La ausencia de liderazgo ha hecho que nos costara arrancar, pero a la postre el debate ha sido bastante fluido, y claro, hemos terminado hablando de las movilizaciones transnacionales sucedidas en todo el mundo hace unos años. Todo el mundo estaba animado, hacían bromas y nos reíamos. En esas clases, que son en inglés, yo me desenvuelvo con estructuras discursivas muy rudimentarias, por lo que necesito simplificar mis ideas casi hasta el absurdo. Suelo terminar optando por sencillas y abarcadoras metáforas. De alguna forma, para mí son como talleres de narrativa carveriana. Cuando hablo uso de manera inapelable la primera persona del plural, recién es hoy que me he dado cuenta. Francisco al acabar la clase: Then, can we agree that we don´t need the professor?

III

Este pasado fin de semana Ana y yo cruzábamos el Soho hacia una zona bastante más desangelada. Por el camino íbamos hablando de que hasta la fecha no habíamos tenido noches newyorkinas verdaderamente memorables. Un tipo me pidió un cigarro y paramos a que se lo liara. Los yankees no están tan acostumbrados al tabaco de liar y por lo general rolan fatal los pitis, además tardan bastante. Este tipo aprovechó su torpeza para sacarnos conversación, nos preguntó a dónde íbamos y con reparo dijimos que por ahí. “Llevadme con vosotras”. Ana utilizó esa estrategia tan manida y poco efectiva cuando dos chicas solas son asaltadas por un machirulo de dar a entender que éramos pareja. Por supuesto, el tipo dio un brinco de emoción e insistió en acompañarnos. Para convencernos de que era una buena idea, lo juro, murmuró algo mientras hurgaba un bolsillo grande de su pantalón de chándal, del que sacó, de verdad que lo juro, un jodido mapache muerto. Ana y yo nos dimos la vuelta y al cruzar la esquina las dos estábamos muy contentas porque, al menos esa noche, ya teníamos una anécdota que contar.

IV

Contra todo pronóstico, a F se le da muchísimo mejor el Skype que a mí. Bromea, saca mil temas de conversación… y no solo eso, sino que se desenvuelve con naturalidad orgánica en medio, lo aprovecha para representar pequeñas performances en las que incluso a veces su perra es incluida como extra. Yo sin embargo, en el momento en que lo veo aparecer en la pantalla, olvido todo lo que me ha pasado los últimos siete días. Mi única estrategia práctica consiste en interrogarlo sobre su vida, ya que la mía de pronto se convierte en algo así como la fotografía borrosa de un clavo torcido, pero sin el matiz lírico que sustenta esta imagen que me acabo de inventar.

V

Leemos a Miller, F y yo. Me engañó para empezar una novela con el pretexto de que era erótica, o incluso pornográfica. Es mentira, no lo es. Es sórdida, tierna de una manera catastrófica, desordenadamente intensa (¿hay otra forma de intensidad?); una novela que sucede en París pero que a mí me recuerda al metro de Nueva York: caliente, oscura, húmeda…, adjetivos bastante eróticos, por otro lado.

CODA

Sobre el clima, de todo (pero todo, todo: nieve, sol, viento, lluvia). Lo reseñable: el otro día hacía tanto frío que se me congeló una lágrima… porque lloré; del frío que hacía.

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