Brooklyn, finales de enero

F dice que de un solo gesto, el tenedor, se folla a toda la milenaria cultura china. Yo en cambio pienso que la superioridad de los chinos pasa por su eterna afición por complicarse la vida.

Que me considero una malcriada de Dios ya lo he dicho por aquí alguna vez, muchos amigos están hartos de echarme en cara la suerte que tengo, la forma en que las circunstancias suelen conchabarse para que las cosas me vayan bien. Esa frase tierna y brillante de Seymour Glass: “Soy una especie de paranoico al revés, sospecho que la gente conspira para hacerme feliz”. Pero esta pequeña epifanía sobre el modelo de desarrollo de nuestros convecinos orientales abre un nuevo horizonte de megalómanas teorías sobre mí misma. F empieza a echarme en cara su ausencia en mis ficciones, creo que tiene razón, más aún cuando, cada vez que he intentado escribir algo verídico sobre él, la prosa se me ha escurrido por los derroteros de otras jugosas fantasías. Y se me ha ocurrido que, en la distancia, una buena forma de paliar esa falta de experiencias compartidas que pronto nos empezará a pesar, pasa por introducirlo en este diario a modo de personaje, como él quiere. Luego no te quejes, comandante.

En fin, como venía diciendo, empiezo a macerar la teoría de que, a pesar de la bienaventuranza que llevo patológicamente a cuestas, también, o precisamente por eso, encuentro cierto placer en ponerme las cosas difíciles. Comenzar una relación con un chico que vive en Madrid en el exacto momento en que me quedan cuatro años y medio de vida en esta otra ciudad absurda y encantadora, por ejemplo, ¿no me convierte una persona ambiciosa y compleja? Alguien, quiero decir, capaz de buscarse sus propios problemas, problemas a su medida, sin la necesidad de que venga el mundo a tocarle la puerta y ofrecerle su vulgar catálogo de piedras en el camino. F, a su vez, practica otro tipo de deporte, una cuestión de fondo, va examinando todas las posibles formas de tropiezo, ensaya en soledad, realiza minuciosas listas de pros y contras, y después, cuando parece que todo error está perfectamente previsto, me besa en la boca como quien introduce un pie a conciencia en un charco para sorpresa única del zapato. Y a pesar de que aquel acontecimiento también podía leerse en sus apuntes, todo parece nuevo y dan muchas ganas y muchos por qué no.

En Nueva York hoy se hacina la nieve sucia en los rincones, como los tristes vestigios de una tormenta que consiguió ponerlo todo patas arriba. Hasta de eso me libré. Mi avión aterrizó dulcemente en una alfombra de asfalto en torno a un paisaje blanco que el sol hacía brillar hasta hacer daño. Querría haber escrito desde Madrid alguna cosa para este diario, pero si Madrid como novia formal ya invitaba al desenfreno, como amante ocasional no da tregua. Llevo borracha, de una u otra forma (las versiones de la borrachera son infinitas), desde el 31 de diciembre. Llegar a Nueva York y encontrarme con mi impresora amiga ha sido todo uno. La primera tarde en la biblioteca y ya vuelvo a sentirme una tipa de bien. Entro en los trenes poniendo caras de honroso cansancio. Ahora, además, camino con vocación de heraldo, voy mirando las cosas con mis ojos nuevos, tengo un compañero que en otra parte espera mis noticias, es imperioso tener algo bueno para contar.

Hoy he ido con Isa a un restaurante chino (de ahí venía todo esto) tan auténtico que lo más occidental que servían era agua (claro, Natalia, porque todo el mundo sabe que el agua es un invento grecolatino). Por supuesto, no tenían cubiertos, así que tras sobreponerme al shock inicial y adoptar una pose lo suficientemente digna, he pellizcado el primer trozo de cerdo con los dichosos palillos. F dice que después de esa experiencia, volver al tenedor es como ponerse unas pantuflas después de un día en botas. No lo dice así, sino algo así. Pero oye, ni tan mal. Cuando Isa y yo llevábamos 20 minutos comiendo de pronto he sentido un ataque de orgullo hacia mí misma. “¿Estás viendo? Estoy comiendo con palillos. ¿Por qué no me aplaude todo el mundo?”. Porque resulta que todo el mundo se esfuerza en subrayar los favoritismos del destino hacia mí, pero cuando se me plantea un reto, los palillos, las relaciones a distancia…, y yo lo asumo con la mejor de mis voluntades, entonces el malsano corifeo de reprochadores profesionales enmudece.

Mientras la nieve sucia se hace charco, dulcemente.

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One thought on “Brooklyn, finales de enero

  1. El coro de chicharras sólo canta cuando le conviene porque en su cabeza creen que la buena suerte de los demás coloca una pesada losa sobre la suya, sin darse cuenta que la losa es no fijarse más en su propio camino que en el de los demás.

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