Brooklyn, mediados de diciembre

Ana, mi flatmate, decía el otro día que ella, a diferencia de su abuela, no tenía un espacio físico al que llamar «su casa». Esa anciana de la que hablaba había construido durante años un espacio sólido lleno de cosas materiales que era su reino, su dominio, al cabo, toda su vida. Sin embargo, Ana dice que lo suyo, su vida y su casa, son cosas intangibles, la relación que tiene con algunas personas, las cosas que hace, lo que le pasa cada día. A lo mejor el tiempo hace eso con las vidas y las casas de la gente, las va llevando de lo abstracto a lo concreto, las fosiliza, convierte los gases en minerales, quizás, algunas veces, en piedras preciosas.

Esta semana he cumplido 26 años, y es la primera vez (en 26 años) que lo he sentido. Ha sido como si algo se moviera, una puerta grande y pesada que se cerraba despacio pero inexpugnable y otra que se abría amenazante como una vaga promesa. Parece que fue hace mucho, ha sido una semana intensa. —ACOTACIÓN: Si alguien pensaba que no iba a hablar del tiempo, se equivocaba, en Nueva York hace huelga de invierno y las temperaturas no bajan, el abrigo es casi un accesorio. FIN DE ACOTACIÓN— Esa pequeña familia newyorkina que nos hemos inventado se ha portado fetén. Tengo regalos para demostrarlo, allende un sinfín de conduchos que no puedo presentar ante el jurado por razones de digestión obvias. En resumen, ha sido una semana de cumpleaños a la altura de las expectativas. También de mucho trabajo, por primera vez (en 26 años) tuve que ir a clase en mi cumpleaños. Las instituciones públicas de Estados Unidos celebran todas las fiestas de todas las religiones menos esa. Además la fecha ahora cae en un momento de estrés insuperable con fin de clases, redacción de papers y presentación de la revista del departamento. Por estas razones y otras más esenciales como el pequeño detalle de mi independización a miles de kilómetros de todo lo que conocía han hecho tan abrumador y emocionante la entrada en la segunda mitad de la veintena.

Podría decir que todo esto que escribo y que, en realidad, parece aportar bastante poco a esta entrada, demuestra, en cambio que tanto la tesis de Ana como la mía no están equivocadas. No es que mi casa empiece a cobrar entidad física todavía, ni siquiera tengo demasiado claro dónde tengo apoyados los pies, pero el tiempo comienza a espesarse y supongo que eso es un comienzo.

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