Brooklyn, principios de noviembre

El buscador de la página web de la biblioteca del Graduate Center es borgiano, unas veces tiene unos libros, luego desaparecen, el logaritmo es caprichoso. Hace unos días realicé mi primera consulta, encontré algunos artículos online que necesitaba y luego le pregunté por un libro en papel que nunca apareció. Sí constaba en el catálogo de la New York Public Library, así que hice la reserva antes del fin de semana de Halloween.

En la cabalgata vimos de todo, muertos vivientes, alicias y sombrereros, el batmóvil con todos los personajes del comic a bordo, un niño a los mandos de una pequeña Millenium Falcon arrastrada por su padre, setenta zombies bailando Thriller. La policía organizaba el afluente de fenómenos de forma irreprochablemente monótona. Entre bocacalles, hombres uniformados ordenaban la entropía de máscaras. Esto es Nueva York, ahora lo sé. Al principio me gustaba leer a Borges como un río de sugestivo caos, como me gustaban, por ejemplo, las manifestaciones de los indignados, tan distintas a ese concurrir de individuos perfectamente vestidos y maquillados de monstruos que esperan una noche al año para recibir el permiso de cruzar la calle. Me dejó de fascinar, Borges, cuando me lo explicaron como una máquina perfecta.

Esta tarde, entre lectura y lectura en el departamento, me he acercado a la biblioteca pública, a unas cuantas manzanas de la facultad. Allí, una señora rubia, con la raya de los ojos pintada de azul, me ha explicado que el catálogo online es engañoso.

—You must understand that you are now in New York.

Eso ha dicho, muy despacio, alargando sobre todo las dos últimas palabras, dejando claro que toda esta ciudad difícilmente cabe en sus siete letras. Por lo demás, y porque ha sugerido que los estudiantes, sobre todo los hispanos, roban muchos libros porque no quieren pagárselos, ha sido encantadora. Se ha tomado tanto tiempo enumerando y desarrollando las alternativas que me quedaban que, al cabo, he tenido que darle las gracias.

—You have been very kind.

—I’m afraid not. I failed you.

He desandado la quinta avenida preguntando por mensaje a un grupo de Facebook de compañeros si alguien tenía el libro para prestármelo, y antes de llegar al departamento una de ellas ya me había mandado la foto, de la página web de la biblioteca del Graduate Center, con la entrada del esquivo libro. You must undestand that you are now in New York. ¿Una máquina perfecta? No, si puedo evitarlo. El aleph, la entropía de Thomas Pynchon hecha de asfalto, ladrones y ojos pintados. Es ahora que empiezo a construirla, si es que se deja, a la manera de mi gusto, desoyendo los pies de página y las leyendas de los mapas. Mi ciudad, Venecia de ratones, capricho y multitudes. Le decía a mi profesor, unas horas después, que empezaba a aprender que la crítica teórica consistía en instrumentalizar conceptos, y que el éxito y el fracaso consistía en el grado de sutileza con que se realizara la taumaturgia. Él dice que sí, pero que todo depende de que el objeto de dicha instrumentalización se deje, que se sienta cómodo en el rol que uno le da. Se trata, pues, de seducir; de seducir a esta ciudad monstruosa para que ronroneé y se deje mirar debajo de la falda. Doblarle los ángulos rectos, sacarla a bailar hasta que pierda el paso, elogiarle los agujeros negros. Sin escrúpulos de mi parte, sin corsés del la suya. Sea.

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