Brooklyn, mediados de septiembre

Sobre la soledad en esta ciudad: Todo cierto. Ni siquiera uno mismo se acompaña. Creo que las pulsaciones se me han acelerado desde el momento en que llegué. Es como si mi corazón fuese más rápido que yo, como si quisiese adelantarme, dejarme atrás en el camino.

En el bar de abajo están viendo algún torneo deportivo, parece que el edificio va a caerse. Hacen buenas hamburguesas ahí, he escuchado. Me pregunto por qué me entran ganas de escribir cuando la gente del barrio grita.

Cuando me siento sola o me ataca la nostalgia trabajo muy fuerte para no tomarme demasiado en serio. Suelo conseguirlo. Leo una página detrás de otra y poco a poco voy recuperando la emoción, vivo pequeños episodios de euforia cuando descubro que llevo un rato concentrada y pensando muy profundamente en lo que me cuentan las páginas, tanto más si están escritas en inglés. El otro día comentaba con unos compañeros que, leyendo a Deleuze en el metro, me di cuenta de que estaba entendiendo perfectamente uno de los meandros de su teoría y que me dieron unas ganas infinitas de ponerme a bailar, y no exageraba.

Así que esta entrada del diario no habla de la ciudad, habla de lo que Nueva York me está haciendo a mí. Ayer fui a un bar yo sola, un chico con pinta de lelo y buena persona empezó a hablarme. De pronto pareció terriblemente aburrido y me dijo que se iba a cambiar de bar. Me quedé terminando mi vino y mirando al otro lado de la calle, como si allí hubiera algo importante. Era solo una estrategia para hacerme invisible.

Como no tengo televisión, pongo lo que encuentro en la página de TVE. Malo para combatir la nostalgia, me han dicho, y es cierto. Pero peor es cocinar escuchando a los coches pasar a toda prisa por la esquina, tan llenos de intenciones y rumbos.

Alguien ha marcado, o encestado, o logrado una carrera en la televisión del bar de abajo y el bloque se menea de gusto, brama en sus sótanos, celebra. Está bien que la casa se mueva, o que a la mañana cualquier viento haga gritar a los árboles. O que en algún rincón de esta casa habite, estoy bastante segura, un ratón. Está bien que yo esté sola dentro de esta casa, dentro de este barrio, dentro de esta enorme ciudad. Al menos, por más que pienso, no puedo hallar nada intrínsecamente malo en todo esto. No estoy feliz ni triste, pero me río bastante a menudo y para lo otro tengo estas páginas.

Acaban de pasar dos españoles hablando por aquí abajo, frente al bar deportivo. Creo que es un momento tan bueno como cualquier otro para dejarlo aquí.

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