Brooklyn, un día de semana

Creo que significa algo.

Está sentado del mismo lado del vagón que yo, con la puerta de por medio, pero a pesar de la posición incómoda, lo miro. Lo he visto entrar con su sombrero de copa chata y sus dos rulos, uno a cada lado de la cara. Va vestido de negro y, sin reparar, demasiado en nadie toma asiento.

Yo sí le miro a él, inquisitivamente, sin embozos. No solo le observo, sino que le busco la mirada que él esquiva. Insisto. No es que quiera ofenderle pero es que percibo cierta injusticia en ser la única que tiene derecho a esa mirada unidireccional. Me hace sentir privilegiada, amoral (seguramente haya algo amoral en cualquier privilegio). Tengo complejo de transparencia, no hay nada en mi piel, en mi ropa, ninguna cicatriz, ninguna marca de agua. Por eso insisto en buscarle la mirada, por redimirme, presiento una especie de salvación si consigo que sus ojos se dirijan un momento hacia mí. Pero a la larga entiendo que no va a dar resultado.

En ese momento de claridad el tren se detiene y la puerta se abre en la primera estación de Brooklyn, una sombra cruza el quicio entre las dos puertas y por fin mi mirada se desvía hacia afuera, justo a la espalda del hombre judío. Algo ha llamado mi atención así que incluso me incorporo ligeramente persiguiendo esa sombra. Entonces mi compañero de vagón, sin haber girado un ápice la cabeza, percibe mi movimiento brusco e instintivamente se vuelve. Entonces por fin nuestras miradas se juntan en un punto de fuga impreciso bajo el suelo de Nueva York.

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