Brooklyn, principio de septiembre

Leo a Deleuze mientras Lady New York hierve a treinta grados, pueden no parecer tantos grados, si los digo en Farenheit el efecto es más traumático: 88º. Pero es lo mismo, el aire húmedo se te pega en la piel y la mastica con unos molares que no pinchan pero presionan con inquina. El calor es un abrigo que no te puedes quitar hasta bien caminado el sendero de la noche. El barrio, por suerte, parece más tranquilo desde el lunes. Las calles están más vacías y ya nadie grita sino de tanto en cuanto. Más allá del barrio, Mahattan también hierve como, perdonadme la expresión, una sopa de gente. Y hacia allá saldré en un rato. Escribo desde Brooklyn porque la isla es una jaula de grillos que no se deja decir. Todo lo que se ha dicho de Manhattan es redundante, quizás innecesario, poco acertado, a mi juicio. La fotografía aérea no atiende a los recodos, los agujeros donde se cocina el acento ecléctico de esta ciudad. Yo, que apenas me he asomado a mirarlos, todavía no me atrevo a decir nada, a lo mejor nunca.

Por seguir con esto, Deleuze habla de los plieges, a eso me refiero, juraría que aquí funciona la receta para hacer ratones de van Helmont. Todo se genera espontáneamente en los suaves ángulos a los que no llega la escoba, donde se acurrucan lisiados unicornios de nariz retorcida, los ángeles feos y desdentados de García Márquez. El calor húmedo aprieta fuerte la basurilla acumulada en la curvatura entre dos ángulos rectos y de pronto, paf, surge el dodo. Parece que lo estoy viendo. Fenómenos absurdos van naciendo como setas en las bocas del metro, en el vaho que escupe una tapa de alcantarilla se materializa el hada de los dientes chuecos… a 88 grados Farenheit exactamente.

Escribo en Brooklyn porque en Mahattan rápido el sentido de mis palabras se desvanece, las veo caer borrachas de mi boca, tambaleándose absurdas corren a rezagarse en los pliegues que pinta Paul Klee, insólitos tableros de ajedrez donde mis palabras se sientan a vomitar, y al día siguiente no se acuerdan de por qué les duele donde los acentos. Y lloran cuando en mitad de su resaca alguien empieza a bocear bajo esta ventana en Brooklyn, a primera hora de la madrugada, y no entienden por qué carajo las he obligado a venir hasta aquí, tan lejos, tan ultramar. Porque me da miedo que se cansen y regresen, y me dejen sola. Por eso escribo desde Brooklyn, las pobres.

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