Fractales, recaídas

I

En los últimos siete días me  habré fumado unos diez cigarros (como mucho). Y la gran mayoría de este tiempo he estado sin fumar. En realidad he fumado dos veces, el jueves al mediodía, justo antes de que me quitaran una muela, y ayer, en una fiesta de cumpleaños. Es importante escribirlo por prurito de atender a cierta terapia parasicológica que yo misma he diseñado: me convenzo de que no soy una adicta y, si consigo creérmelo, me trato a mí misma con menos condescendencia a la hora de las debilidades. No sé si tiene sentido pero suena como si lo tuviera.

II

 

Por lo demás, no voy a hablar del calor porque, aunque ahora nadie lo diría, ya que ocupa buena parte de los telediarios y las conversaciones, sospecho que no es un tema que vaya trascender en el tiempo. Leo La fórmula Omega, de Rafa Reig, pienso en las recaídas. Estos dos últimos items no tienen nada que ver el uno con el otro más que su coincidencia en el tiempo. Tampoco tiene que ver con mi adicción de más arriba, sino con otras, peores y más oscuras, casi humedas cercanas a la ponzoña que emana del espíritu de los mortalmente atormentados. En fin, no te digo más.

III

Paseo en Google Earth por cierto barrio de Brooklyn y caigo en la cuenta de que pronto viviré, por fín, a tiro de piedra de una playa. Me da igual que sea una playa que estoy harta de ver en las películas en las que parece que nunca nadie la haya utilizado ni una sola vez en su utilidad de playa-playa (nadie nunca en la Historia del Cine va hasta Coney Island con una toalla al hombro, la extiende, se acuesta y saca un libro). Pero, de cualquier forma, esa idea de vivir cerca del mar es mi pequeño caramelo en el bolsillo esta semana de convalecencia y eclosión veraniega.

IV

Una última recaída: ese cuento de Pynchon, Entropía, vuelvo mentalmente a él cada vez que no me puedo dormir. Me acuerdo de un cuento pésimo sobre unos personajes obsesionados con Pynchon y me aterra tener algo que ver con unos personajes tan malos (me refiero a mal construídos y carentes de interés, no a crueles). Luego me paso otro rato tratando de hacerme entender que la culpa no es de Pynchon sino del autor del cuento, y que obsesionarse con un cuento suyo –de Pynchon–, Entropía, por ejemplo, no tiene nada de vergonzoso. Y así me dan más o menos las seis de la mañana, que es la hora a la que me duermo en horario de verano, justo cuando se despierta el primer pajarito, el más madrugador del jardín, y alguien va al baño, y la cisterna es un despertador a la inversa.

V (epílogo)

Luego, ya por la tarde, bien pasada la hora de comer, no me puedo despertar porque soy una yonki de los sueños. Y los enlazo uno con otro, pesadillas con pequeñas escenas cotidianas junto a grandes gestas en color o blanco y negro, personajes de todas mis vidas y otros que nunca he visto mezclados indiscriminadamente. Una orgía multionírica en pequeños episodios de duración variable de la que me suele llevar un par de horas desprenderme.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s