De un Celerino a otro

Celerino es donde voy a esconderme cuando no me gusta el mundo, o me asusto, o llueve. Hoy no llueve pero tengo desde hace días una sensación de reloj parado o como si la niebla no me dejara ver algo que viene. Y está viniendo, te lo juro. Escucho un rumor de pájaros que huyen. Celerino es una tienda de campaña, la llevo allá donde voy. En su interior enciendo un fuego las noches más tristes y el fuego me cuenta historias que luego se comen los libros para engordarse y dar luz y calor al mundo, ese mundo que a veces no me gusta o me asusta solamente.

Te hablo de Celerino porque me da miedo que no lo conozcas, que cumplas un año tras otro sin tener la suerte de darte cuenta que lo llevas contigo. Estaría bien que nos volvamos a encontrar los tres en una carretera rumbo al sur, con el sol al oeste fluoresciendo una meseta casi yerma en mitad de un invierno que se agota. Escuchando canciones que, como siempre, hablan sobre nosotros. Volver la cabeza y verte mirando al frente, oscurecido de pronto por el atardecer y un pensamiento que vete a saber de dónde nace. Volver a mirar la carretera como si tuviéramos un rumbo y acelerar un poco para dejar atrás el día, como si lo mejor estuviera ahí, casi al alcance de la mano, si avanzas. Encender un cigarro y escuchar cómo me hablas de Kant y pensar «Ay, Cele, mi Celérico. Qué prisa tenemos por matarnos.» Pero no decir nada, no mirarte por un rato mientras tu voz inunda el coche y vas regando de ideas la estela invisible que dejamos por la autopista.

Sería bueno volvernos a encontrar después los tres, a la noche, ya muy borrachos. Salir cantando de un bar abrazados por los hombros, chocando en las paredes de una calle que, por suerte, sea muy estrecha. Y que a la mañana siguiente me digas «No recuerdo casi nada» y yo que «tampoco, pero creo que fue el momento más importante de nuestra vida.» No estaría mal volvernos a cruzar con Celerino por accidente en mitad de Vallekas, otra noche cualquiera en que llueva muchísimo. Andar tan mojados que nada importe, que no importe detenerse en una esquina a romper el equilibrio que el agua y la madrugada se han esforzado en urdir. Que alguien diga «Os acordáis de cuando…» y hable de otra tormenta en Toledo en que uno de nosotros tres le gritaba al cielo «Más fuerte, más» y el cielo respondía, acupuntura celeste, carcajadas húmedas.

Quizás Celerino se quedó conmigo el día en que te dejé varado en ese aeropuerto. Por eso esta carta más bien parece que la escribo con él sentado aquí cerca, apuntando algo a cada línea, recordando en mi nombre lo que ha de ser dicho. Que te quiero, y él te quiere, y que feliz cumpleaños. Y todo lo demás. Quizás porque Celerino se quedó aquí conmigo en Madrid te escriba esta carta con algo de culpa, la sensación de que te lo he robado. Pero, si te pones así, tengo que decirte que a mí me venía haciendo más falta. Lo entiendes, ¿no? Él aquí sentado lo entiende, pero dice que tiene miedo de que lo andes extrañando. Que te olvides de que lo llevas contigo.

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3 thoughts on “De un Celerino a otro

  1. con tu permiso, me he descargado la intermitencia de los faros, así lo podré leer con calma porque a veces se me olvida entrar en los blogs. Muchas gracias (habría pagado por ello).
    admiro tu estilo, tu escritura y sobre todo tu sensibilidad.
    un beso.

    1. ¡Hola thirthe! Claro que te lo puedes descargar, para eso está.
      Muchísimas gracias a ti por el coment 🙂

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