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Un minuto y ocho segundos, eso duró exactamente nuestra conversación –la noche anterior me había mandado un email que el filtro de gmail detectó y mandó directo al spam, en fin, no quiero sacar conclusiones–. Fue por teléfono, justo antes de un ensayo, así que no tuve mucho tiempo para ponerme triste. Incluso mi cuerpo reaccionó de una forma excéntricamente psicosomática y, entre una canción de amor y la siguiente, cuando el recuerdo de lo que acababa de pasar me venía a la cabeza, con él llegaba un escalofrío, la señal clara de la supervivencia explicando que había que dilatar el momento de la catarsis. Más tarde, en el bule, con las gafas de sol puestas a pesar de que la tarde se había tapado, lloré una pocas lágrimas –nada demasiado ostentoso– justo ante de recordar una escena de Franny y Zooey que me abstrajo del trance de mi duelo. Busqué la cita en Google y entré en el primer enlace sugerido. Leí el fragmento entero y sonreí, era tal y como lo recordaba, y me servía para vaciar de trascendencia mi tragedia y, a la vez, vestirla con un acento estético . Al llegar a casa de una amiga que me esperaba para hacer terapia de urgencia, volví a buscar el fragmento en el móvil para explicarle cómo me sentía. Entonces me di cuenta que quien había colgado ese pedazo de la novela de Salinger en internet era yo misma, que sin darme cuenta estaba leyendo una entrada antiquísima de mi blog (no este, uno anterior). Resulta que he venido a salvarme desde el pasado, pensé; y ya no pude tomarme el dolor demasiado en serio. Seguramente por respeto a esa otra pobre imbécil que hace años tipeaba el subrayado de uno de sus libros favoritos mientras andaba doliente por alguien a quien no recuerdo, jurando que no volvería a pasar. Lo que viene a decir Salinger en boca de Buddy Glass es aquella perogrullada de que la vida sigue, pero añadiendo un apunte: Todo lo que sucede nace del absurdo, el devenir de los acontecimientos responde a la más airada e indiferente entropía, no hay un escalafón que ubique el momento en que destella la chispa de una revolución por encima de una operación de cólicos. Es posible que a alguno esta certeza le despierte angustia y prefiera obviarla, asentarse cómodamente en otra escala de valores, pero a Salinger y a mí nos hace gracia, nos ayuda vivir, nos corta el llanto. Y yo, al parecer, lo sé desde hace un tiempo.

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