Gregal

Se han volado los amarres. Lo veo alejarse en el retrovisor, acabo de dejarlo varado frente al aeropuerto como quien abandona a un naufrago justo después de naufragarlo, como quien libera a un animal que nos mira desorientado porque ha vivido siempre en cautiverio. Soy el ideólogo de la honradez que, en su última hora, vende su alma por unos dátiles, una promesa calmosa, ningún gran reino solo unas horas de paz después de haber luchado. Él, que ha dejado su rastro andariego por las esquinas del territorio antes del exilio, era la bandera que yo enarbolaba, mi escudo de batalla, mi templo, la ciudad que defendía a diario del asedio. Ahora, si vuelvo la vista adonde él me ocupaba, solo está el hueco apretado y casi-sólido de un espejismo que abruptamente se desvanece. De lo que no me cabe duda, mientras el volante del coche vibra un poco bajo mis manos y ronronea bajo el asiento el motor todavía frío, es que soy yo la que se está yendo. Que soy yo quien abandona este terrón del mundo. Desde el corazón gélido de Europa la norestada hincha las velas que descienden nuestro barco a los lindes y es un viento denso que ya me pesa a la altura de los hombros, levanta las alas de tu avión. ¿Cuántos segundos dilatan la memoria del pez o del pájaro?, esa raza a la que perteneces junto con todos los demás peregrinos. Tendré, otra vez, que aprender a conocerme y fondear mi sombra quebradiza en una isla imposible sin viento donde inventar una palabra que no corone el sello de tu voz.

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