Lo que falta en los huecos

Tu nombre cifra las normas de circulación y vuelo de los insectos, para qué seguir escribiéndote si alcanza con decir que eres un géiser. Los libros sobre los que nos quedábamos dormidos, como salamandras asoleándose, no decían nada. Imaginamos cada letra la tinta dispuesta en ribetes que parecen pequeñas cuchillas y los dedos con que nos tocábamos se cuarteaban sin sangrar a lo que avanzaban ringleras invisibles, papel desmemoriado. Nadie dirá nada sobre esto, porque todas las palabras son huecas. Yo quiero llenarlas de pólvora. Algunas nuestras como fabergé descansan en las repisas de los museos sobre leyendas escuetas «Aquí el daño. Palabra sobre viento. 2008» o «Aquí el amor. Espejismo en bits y bytes. 2014». Nuestra historia troquelada en los mapas, territorio desconocido. Qué rápido baja este vaso de whisky y qué despaciosos se alternan tus pasos, pespunte del tramo suelto de un país vecino. Y sin embargo, es lo mismo.

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