El hombre de arena

Empiezo estas letras mientras el mar y los vientos duermen a mis pies como animales domésticos. Fue mucho tiempo el que estuve mirando sus ojos salvajes para conquistarlos; hoy por fin se dejan tocar. Pero ninguna de mis gestas importa demasiado, ya lo sé. Envejecí tres veces, ahora este país en el que vivo es otro. Celerino camina una playa que mira un costado de agua que a su otro costado me vio nacer. Moja sus pies la lengua que abrazó mi carne blanca y temblorosa en los primeros baños. El viento devuelve al mar el sonido de una voz con la que orquesta fábulas. El mismo mar y el mismo viento que respiran tranquilos y ronronean bajo la mesa donde van engranándose estas palabras peregrinas. Celerino prefiere la vida, yo escribiré por los dos. Andarán mis palabras la senda oscura que cruza un territorio sin respeto por las brújulas. Hemos dormido en su cama, en la mía, en la cama de los otros. Al norte, al sur, al norte de su centro y al sur del mío nos hemos tocado las yemas de los dedos estallando las esquirlas del amanecer como si no importara. Escribí hace años que estar juntos era la eternidad y entonces ¿qué es esto? Solo se me ocurre una palabra que no es pero se parece demasiado a la palabra ausencia. Se desvanecen los límites para dar lugar al abismo. Me equivoqué, Celerino no es un cuerpo, es una idea certera casi religiosa un sentimiento ebrio, indefinido, que no se alcanza. Yo lo he inventado pero no sé decirlo. Su movimiento es arritmia y cifra los misterios del mundo. Solo existe para los que creen en él y lo demás es arena en los ojos.

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