Una borrachera y un baile

Hace seis años que no es más que unas letritas agudas invadiendo amablemente la pantalla de un chat, el plín contento de un mail que llega sin que se lo espere. Ese personaje que inventé para decirle cosas como que lo aguardo en la cima de un terrón entre dos aguas leyendo un libro de Juarroz. Pero hubo un tiempo, allá lejos y hace mucho, en que Celerino tenía otro nombre y en su cueva pequeña de Buenos Aires inventábamos palíndromos antes de dormir la siesta. Bajo otro sol que alargaba las veredas íbamos andando enhebrados del brazo mientras me descubría por primera vez Cortázar, Salinger, Camus… esas plazas conquistadas tarde a tarde. Y a golpe de adoquines iba construyendo un miniverso entero que hoy habito y ensancho y aprendo a querer hasta fascinarme de que no se agote mientras yo me quedo sin aire.

Cantábamos canciones, las canciones. Me susurraba —Celerino tiene, la recuerdo, una voz dulce, algo aguda—, la añada de Ana la friolera y yo me encaramaba a los bolardos por las esquinas de Belgrano solo por sentirme un momento más alta que él. En los bondis íbamos deletreándonos él uno al otro, esperando que nos tragara un agujero negro, terminar en alguna otra dimensión donde nadie más.

Celerino era un tipo de carne y hueso que esperaba a que me fuera de vacaciones para afeitarse la barba, pedía café, pero miraba con envidia mi submarino. Tenía unas manos grandes como zepelines para perderse en el desierto abrupto de sus caricias. Una persona, metro setenta más o menos, los ojos achinados si se ríe de veras. Cursi a veces, recitaba a Neruda por la noche para gustarle a las niñas. Un hombre, me cuesta decirlo, al que besé tres veces en cuatro años. Y eso fue todo, lo fue todo. Celerino se llamaba Lucas y era la puerta por la que se entraba a mi mundo. A su sombra leí, escribí, politiqueé por vez primera; delante de él pronuncié las primeras ideas propias de las que me sentí orgullosa.

Hace seis años se convirtió en los delgados trazos de una frase de aliento que llega desde el otro lado del océano que hoy, en cambio, está al cabo por cruzar. Celerino de visita en mis planetas. Un tipo real que el sábado presenta sus papeles en una ventanita, se sienta a esperar (le sudarán las manos) en una silla metálica bajo un cartel electrónico que reza el nombre de una ciudad que lleva por apellido mi nombre. Traerá regalos, me lo ha dicho. Traerá las esquirlas del valor en el babero, que estallaron la otra noche mientras me escribía «Che, no te vuelvas loca todavía, pero…». Celerino en la Gran Vía, Celerino en el Prado, Celerino en mi bar amigo, Celerino mi descubridor montado en el asiento de copiloto de mi coche mientras contempla por primera vez este lado del mundo a través de la horrible carretera de Barajas. Un personaje tan mío que se toma la molestia de, tras seis años, salirse del papel para aparecerse en el centro del salón, alargar la mano y decir entre sonrisas: «Rubia, me debés una borrachera y un baile».

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