El escapista

Tienes esa cosa tan como de tren que parece que siempre te estás yendo, que te arrastra una fuerza que te sorbe como a sopa. Cómo te gusta ¿verdad? imaginar tu larga velocidad de pánico rompiendo con su abrupta silueta un horizonte de holograma y musgo. Y a medida que te vas, eso también te place, te haces más grande. Tienes algo de surco, algo de precipicio, y un poco de lo que los erizos esconden debajo de las púas. Si te pienso solo veo una madeja negra deshecha en un salón de hospital y, aún así, quiero lanzarme a perseguirte, las uñas por delante del olfato a toda costa, cruzando tus esquinas hasta romper el tiempo de puro marearlo. O será por esa risa de loco, por esa risa de loco temerario y espantado desertor de guerras frías, un pliegue de sonido sordo y ácido, justo entre la lengua y los dientes, que sobreviene después de exponerte al raso, casi siempre de noche y una vez urdido el siguiente truco de escapismo.

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