Te estuve esperando muy fuerte un tiempo, haciendo un esfuerzo por esperarte mejor y más a cada momento. Aprendí que esperar es imperativo. Mientras los otros hacían sus cosas, yo hacía como que hacía mis cosas pero en realidad me sentaba en los escritorios y las barras de los bares a perfeccionar mi método de espera. Tenía la certeza clara, y falsa, de que si te esperaba lo suficientemente bien, al final, tendría que funcionar, era una cuestión lógica. Y aprendí a esperarte tumbada, en el metro, comiendo chicle o discutiendo sobre hermenéutica.

Pasaron días y meses, y muy a menudo nos encontrábamos y nos íbamos a emborrachar, y hasta algunas veces nos acostábamos; pero lo cierto es que cuando yo estaba contigo estaba esperando a que vinieras. Pasé mucho tiempo sola esperando, besando tus labios o los de otro, daba igual, pero muy pendiente de no distraerme un solo instante y dejar de esperar, hasta que me convertí en algo así como una manecilla de reloj que da vueltas porque sí, porque así tenía que ser. Y había pasado mucho tiempo desde entonces dando la hora, esperando el segundo próximo, atenta y concentrada porque ya no sabía ser otra cosa que esta que te esperaba y que tampoco sabía cómo hacerlo mejor, porque no creía que pudiese quedar nadie sobre la tierra a quien ella no hubiera superado en esa disciplina.

Y  he llegado a esperar con tal ahínco y mansedumbre y derroche de paciencia que he dejado de creer en ti, he dejado de querer que aparecerás en ninguna parte y solo he seguido esperando porque si el reloj se paraba, si el reloj se paraba todo perdería el sentido y, probablemente estallase la nuez del mundo.

Y entonces un día, hoy por ejemplo, cuando ya no siento nada, porque ya no puedo sentir nada más que el tic tac del segundero que soy yo en su recorrido espasmódico e inútil, voy y te digo que ya de ti no espero nada. Que me da igual que estalle la Tierra desde su mismo centro. Y tú dices hola con muy buen ánimo, dices que justo estabas pensando en escribirme, pero que yo me he adelantado. Y seguramente debería odiarte o morirme, pero ya no siento nada, no puedo, no sé ni mi nombre.

Advertisements

3 thoughts on “

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s