Sociología inversa

Habrá que escribir el manifiesto de los humores torcidos y regar el mundo con este amor pusilánime. Quizá va siendo hora de reivindicar la cobardía, porque es todo nuestro patrimonio y la escasa herencia que podremos dejarle a los forasteros que, andando el tiempo, vendrán de lejos a echarnos de nuestras casas. Es posible que la vida al cabo sea esta pericia con que nos escondemos, el primoroso zurcido de nuestros labios ante el deseo o los ojos que se apartan y golpean los unos con los otros las miradas repudiándose en una torpe partida de billar. Mañana coronarán las plazas enormes figuras de hormigón, el puño alzado contra el más débil, la mirada retaguardia vigilando a un amo invisible que no necesitará del tótem porque lo cargarán a la espalda nuestros hijos a diario. Y no solo eso, el amor será un castigo entre aquellos que se amen; para amar como nos enseñaron hacía falta coraje, así que la nueva querencia será ponzoñosa y fácil y egoísta. Estarán orquestados el silencio y la batahola. Y cuando alguien alargue la voz para acariciar con ella al prójimo, acaso suceda solo por accidente o desmemoria, pero terminará por encontrarse barrotes y muros alzados hacia la nada celeste.

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