Sebastiana

Si me preguntan qué es Córdoba. Un mordisco en el corazón histórico de la arquitectura, hacia dentro un pasillo estrecho donde luz y sombra se revuelven como cachorros. En una mesa dos chicos juegan al ajedrez y comparten un canuto de hierba con otros dos que observan concentrados la misma guerra sucedida vez tras vez sobre las casillas del tablero. Un labrador chocolate duerme su mansedumbre en una esquina y es tan plácida su figura fundida con el suelo. Tú y yo nos olfateamos, alzados como torres sobre él, las piernas enredadas, escorados el uno contra el otro. Los reflejos de las velas confunden las flores naturales con las de tela y plástico. Volutas de humo sobre las cabezas, profuso despilfarro de pensamientos y palabras. (Quizás el problema es ese, deberíamos decir mucho menos y pensar antes de abrir ciertos cajones.) La dueña, mujer oráculo, revisión estética de Romero de Torres, mantiene llenos los vasos y pellizca la rueda del volumen del aparato de música. Aunque, bien mirado, seguramente desde allí se manipule la intensidad de ciertos sueños que flotan junto al humo. Ella muestra una sonrisa de mil dientes y entorna los ojos como brechas abiertas hacia un lugar mejor. Me dices «Te voy a echar de menos» y el perro suelta un suspiro entre sueños. Con toda la crueldad que soy capaz de juntar, contesto «A mí eso ya no me sirve». Si me preguntan qué es esta ciudad achaparrada que duerme junto a una serpiente de agua, diré que huele a gasolina y cigarros, la surcan trazas de un intenso verde. Y que consiste en esperarte; y que vengas.

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