Papeles secundarios

Sabía quién era Raskolnikov, pero no conocía al gran Calígula. Supongo que cabrían muchas interpretaciones, la primera que se me ocurre incide de lleno en la moral, cómo no. Aunque no las recuerdo, no me gustaban sus manos. Delicadas, finas, como pequeñas lagartijas nerviosas que buscan el sol en la noche. Su pelo sí, una llamarada de nieve. Con los dedos de reptil me tocó en los labios y así logró el armisticio. Era divertido bailar aquella música ecléctica mientras todos los extras giraban alrededor levantando sólidas nubes de polvo, pero también era inútil. Yo en lo inútil soy casi una experta, quizás él andaba en las mismas. No me gustan los plurales, intento evitarlos a toda costa, lo distinto a la unidad me crea empacho, las eses resbalan inasibles por la lengua. A diferencia de lo que suele decirse, yo creo que el amor es el ejercicio más solitario del mundo. Amar y escribir, que son las dos cosas que me ocupan casi todo el tiempo. Ya digo, estoy al punto de laurearme en lo inútil.

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