Treintaiún vueltas a nuestro mundo

Celerino me enseñó que el amor tiene todas las formas, no muchas, todas. Que a veces la palabra se viste de silencio y entonces todo es más de verdad. Yo he aprendido de él a luchar mis batallas que son pequeñas como agujas y dejan, tras ser libradas, un terreno que aunque a lo pronto duela, se vuelve fértil. Dibujábamos escalones, parques de recreo, caminos, y la ciudad se convertía en un escenario para jugarlo. Rabiaba a los niños y me contaba las historias de los libros. Me enseñó la vida como quien enseña a leer.

Celerino a veces se olvida de todas esas cosas, se pierde en una selva de incógnitas y soledad. Como no sabe decidir —ese es su único gran defecto, que no sabe abrir una puerta para cerrar todas las otras— se queda muy quieto en el centro de su miedo y se pliega como una interrogación. Entonces yo querría cruzar el mundo para ir a tomar su mano y arrastrarlo a alguna parte, donde él quiera, aunque no sepa.

No sabe que lo llevo como un lunar en la piel, un satélite que me ronda a todas horas, pero que fue él quien me puso a girar. No sabe, o parece haber olvidado, que el amor tiene todas las formas y que por eso somos invencibles. Sabe, eso sí, que el tiempo no importa y mucho menos cuando se nos está acabando. Por eso hoy que cumple años, lo que da es otra vuelta en torno a mí, y yo en torno a él. Ya van muchas, pero nunca me canso. Lunita, luna… padre y maestro mágico, como el amor, tienes todos los nombres, y el silencio. Pequeño dios. Vuelve a girar, linda veleta.

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