El sexo de los gatos

Éramos como el sexo de los gatos, ansiando hasta la angustia un placer que hería. Buscando las distancias cortas y a cuchillo. Mejor sería no decir las cosas que decimos, alejarnos del alcohol y los ascensores. Diseñar un complejo laberinto de cortafuegos entre nosotros. Y aprender de la soledad de algunos árboles. Pero seguimos apedreando con guijarros las ventanas en mitad de la noche, cargando un equipaje de momentos que envejecen hasta desaparecer. Tú vienes a la orilla y dibujas una huella que a mí se me hace someterá el universo. Se multiplican tus alturas mientras reduces a uno todos los sentidos, todas las interpretaciones, las querencias. Es agotador seguir haciendo como que no me doy cuenta de las muescas de ratón en los bordes de la carta donde está escrito nuestro código penal. Correr al frente a poco que suene tu grito de batalla y dormir esta guerra fría con los zapatos puestos. Y, con todo, qué bello estabas del otro lado del cuarto, tan lejos como en un millón de años, los ojos nerviosos en cualquier sitio menos allí donde era importante mirar. Un vaso en la mano y una promesa artificial colgando de la boca. Como una invitación cortés a quedarme exactamente donde estaba, alertando de la fatalidad de un paso en falso.

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