El laberinto

De día era el sol. De noche, la noche. Pensaba mucho, y mal. Doblaba el papelito del pensamiento, contumaz una y otra vez sobre ejes imaginarios que pocas veces acertaban al estricto medio entre las dos partes. La conclusión era siempre una torpe papiroflexia. Decía las cosas como si al decirlas se diera permiso para hacer exactamente lo contrario. Se cansaba rápido de sí mismo, todo lo ocupaban sus ojos más negros que azules, hablaba mejor con los pliegues de la cara que haciendo uso de la palabra. Era un enigma vacío, y aún así un enigma, porque no había manera de resolverlo y lanzarse a él era una hermosa pérdida de tiempo. Con todo, no era una paradoja. Es difícil, qué difícil, escribir sobre lo que no se comprende. Y qué bello el laberinto.

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