Bueno, venga, vale, sí…

I

Salgo  pasear dos o tres veces por semana. Doy lo que se podría llamar «la vuelta al Río». Recorro la rivera por su margen sur, luego, al tercer puente, cruzo y vuelvo por el otro lado. En total es casi una hora. Hoy he ido un poco más allá porque me han dicho que en cierta zona de Córdoba había vacas. No las he encontrado y, la verdad, es porque el camino de tierra que se perdía entre dos fincas me ha dado un poco de yuyu.

El problema es que salir tan temprano, después del desayuno, lejos de relajarme lo que me provoca es muchísima nostalgia de calle. Después me paso todo el día mirando por la ventana, sentada frente al ordenador impasible. Como un perrito encerrado que después de que lo saquen por la mañana se pasa todo el día esperando a la salida de por la noche. Ya decía yo que era raro llevar cuatro meses de encierro y estar tan tranquila.

No es tanto la calle, sobre todo es eso de ir al encuentro de alguien. Es triste que no haya nadie esperándote en ningún sitio, cerca o lejos. Todos saben que estoy aquí por unos meses y, claro, nadie espera cruzarme en Malasaña. Pienso que habría sido bueno guardarle el secreto a algún amigo, no decirles que me iba. Para que siguieran llamando para quedar. Sería tan fácil mantener el embuste como poner excusas todo el tiempo. A la larga habría perdido un par de amigos, pero este año hubiera sido un poco mejor.

II

Leo los diarios de Uriarte, que reitera en el hecho de lo mucho que fuma… no puedo parar de encender un piti tras otro.

III

Lo que tú quieras, como tú quieras, cuando tú quieras y donde tú quieras. Total, no tengo nada que perder. (A tal punto de decadencia he llegado.)

IV

Es curioso, puedes lleva una eternidad explicando una idea en su plano teórico argumental pero, si a última hora eliges  un mal símil. La teoría se viene abajo, se ve automáticamente invalidada por el error. Decir «era un mal ejemplo» consigue hacer salir del paso al orador, como mucho a un nivel personal, pero la teoría ya no sirve. Ese es el poder de la metáfora, una mala metáfora es como esos idiotas que están de acuerdo contigo y por su mero apoyo te hacen perder una discusión.

Una vez un amigo, después de varias horas debatiendo sobre un libro, le dijo a otra «Como vuelvas a decir que estamos de acuerdo en esto, te retiro la palabra».

V

Uriarte demuestra que se puede ser escritor sin escribir un solo libro, y eso tranquiliza. Hasta se jacta de no haber trabajado en su vida. Sus diarios son el mejor no-libro que he leído en mucho tiempo, por encima de algunos sí-libros. Lo malo es que es un burguesito insoportable, y cuando una se da cuenta cuesta leerlo con la misma simpatía que al principio.

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