Matar al hijo

Nuestro problema generacional, lo digo porque ahora se está hablando de eso, es que nuestros padres escriben peor que nuestros abuelos y nuestros abuelos peor que nuestros bisabuelos (cambia escribir por pensar, vivir, etcétera…). Y nosotros somos los hijos de una generación de alelados, con un sistema educativo construido por lelos para lelos y encima nos autoflagelamos y dejamos que nos flagelen. No estoy echando balones fuera, digo que todo esfuerzo contra la mediocridad es poco y es de por sí un triunfo sobre la genética. No voy a hablar, por no repetir tópicos que por algo lo son, sobre la sociedad alienada, el neoliberalismo y la Mc’mocracia. Dirás: los libros están ahí. Y es cierto. Pero Cervantes, hace trescientos años, recibió una educación lírica, retórica y literaria mejor que la nuestra. ¿Es tan de extrañar que ninguno de nosotros esté a la altura? ¿De verdad esperamos que el siglo XXI dé algún genio? Quizás sí, no lo niego, pero será por ciencia infusa. Y de cualquier manera el autodidactismo puede ser un orgullo para el autor de turno y sus herederos, pero socialmente el que nos aferremos a esa idea solo evidencia una gran tara en el sistema.

De los libros, y lo digo porque, I´m sick of ego, considero que no soy una mala lectora, se pueden extraer muchos parabienes, incluso alguno que tenga buen ojo puede aprender a reconocer los problemas de tal o cual obra, más aún, el ojo crítico nos anuncia los puntos flacos de la obra propia, cierto, plena de lagunas. Pero, quién te enseña a paliarlos. La mímesis no funciona en el siglo XXI, ni siquiera se nos permite escribir plagiando las buenas costumbres de los cadáveres, se nos exige originalidad, y respeto, y frescura, y narrativa, y lirismo, pero no demasiado. «La primera novela de este chico era correcta, pero olía mucho a Camus, lo sé porque la he leído tres veces [la de Camus, no la otra]» Una vez escuché eso en una clase de literatura contemporánea, lo juro.

Y cuando das con el error, con la viga de contención mal puesta que descuidaste durante tus horas de trabajo obsesivo empeñado en ser atrevido y actual y testigo último de la Historia. ¿A quién acudes? ¿A los libros? Es frustrante, los libros dicen: no puede ser tan difícil, a mí me fue bien, pero este cartucho está quemado.

Y vosotros, quiénes sois, cuáles vuestras credenciales. El peor de vosotros ha destacado por encima de los más grandes. Pérez Reverte vende cien veces más que Antonio Orejudo, por poner un ejemplo, esa es vuestra marca generacional, así nos habéis dejado, y desde ese pedestal señaláis nuestra mediocridad con el dedo. Y ni siquiera, lo siento, sois todos Antonio Orejudo, no sois todos Vila-Matas, ni Bolaño. Y, vuelvo a lo de antes, ellos no son ni Umbral, ni Hemingway, ni Carpentier. Un buen puñado de vuestros mayores y contemporáneos siempre os dejará en evidencia, solo un puñado que quién sabe cómo ha sabido solventar las carencias hereditarias de que adolecéis vosotros y en nosotros se centuplican. Suma y sigue.

Cuando un escritor joven, enfangado en su inexperiencia, vuelve arriba la cabeza buscando un brazo que lo aúpe, lo único que encuentra es a un montón de otros escritores luchando entre ellos por no desvanecerse en la nadería de los estantes de la FNAC (si es que llegan). Barro de zapatilla viejo, eso nos queda. Disculpad la metáfora pero es que no me sé explicar mejor, a eso voy. Y no es de extrañar porque seguramente ellos tampoco recibieron la educación formal que se esperaban, y recelosos nos observan sin querer ver que realmente no tienen nada que pueda serles hurtado.

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