Al sur del norte

Celerino está lejos y yo estoy lejos. Andamos sin centro. Él termina sus investigaciones en la Buenos Aires de siempre y yo perpetro una novela al sur de sus nortes. La soledad y el encierro me han convertido en una persona que me es completamente desconocida. Prácticamente solo me queda el fumar y a eso me agarro como si fuera el último tablón flotando en el medio de un naufragio. Madrugo, no bebo, no salgo apenas, hago deporte, escribo entre una y cuatro páginas a diario… Me consta que él también está cambiando de hábitos; hasta en eso confabulamos. Pero cómo explicarle mi deriva, que mi único polo magnético es esta página en blanco, y que me empuja adonde el miedo. Todos los días me despierta ondulante una espada de Damocles sobre la nariz, estocadas en el aire con olor de fracaso.

Rompí las filas de una vida organizadamente desastrosa y ahora no lleno el tiempo más que con paseos absurdos en torno a las columnas de un claustro antiguo, vuelvo a la máquina, y con un esfuerzo sobrehumano termino una frase que a la postré terminaré odiando. Dormito intermitentemente.

¿Y tú, Cele? ¿Terminarás tu tesis a tiempo y le darás al mundo algo que sí nos sirva? Mejor no confiemos en eso, con la pragmática nunca hemos bailado bien. Vos y yo en cambio, ah…, que tiemblen las baldosas de los patios de fiesta, porque estamos llenos de una nada que vibra.

Desde un lugar que no es nosotros te abrazo.

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