Razones de alivio

Con Celerino en 8 años nos ha dado tiempo a tener muchas “nuestra canción”. Las relaciones platónicas jamás consumadas son las más sanas. Celerino ha sido mi primer muso y el más complaciente, pero ahora que se ha convertido en un montón de letritas brillantes detrás de una pantalla, ahora que lleva seis años siendo poco más que eso, a veces me cuesta recordar que Celerino es un chico de verdad. Un señor no demasiado alto y con una barba poblada, con los dedos de las manos largos y gruesos, unas manos hermosas que lo mismo podrían ser de poeta que de labrador. Un bichito de luz y de tiempo.

El amor se acaba siempre, a no ser que no haya empezado nunca. Cele y yo nos amacábamos en la soga que marcaba una frontera que sabíamos que nos llevaría a un sitio caduco. Nos quedamos jugando a los casis, y los casis crecieron hasta hacerle sombra a cualquier amor convencional y etiquetado.

Lo mejor de nuestro pacto es que nunca vamos a estar solos. Los dos con el corazón roto nos mandamos misivas de auxilio y besos que recorren yardas infinitas. Entonces entiendo que nunca voy a sentir por él este dolor que me duele ahora, intenso y unidireccional, carga que no se aliviana porque no se comparte. Por muchas veces que lo vuelva a sentir, él va a ser algo más que un sueño, una persona con dedos taquígrafo que vive en una casita de otro lado del mar, y desde una silla vieja me dice que me quiere. Y respiro.

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