29 de julio, Madrid

A la última hora de los alcoholes me viene a menudo el gigantismo. Sobre todo volviendo a casa en el coche. La canción es siempre la adecuada y la carretera se abre rápido a la epifanía. Entonces debo segregar nosequé suerte de endorfinas y me vuelvo enorme, elegida, todo se resuelve como un puzle, por fin entiendo los controvertidos lenguajes de misterio. Es ahí donde suelo explotar, y canto a gritos y me lleno de planes y no tengo miedo y pienso que voy a ser siempre esa que por la noche aprieta el acelerador como si fuese un gatillo, que corre a casa para empezar de nuevo a amar su suerte.

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