Dos fragmentos de un cuento

I

La abuela se despertaba muy tarde y olisqueaba en la brisa marina para tratar de adivinar la muerte. Después abría el diario que el abuelo había dejado en la mesa del balcón por la sección de necrológicas y murmuraba algo incomprensible. Tenía la edad del tiempo y una sabiduría rara que no terminaba de ser útil, ni descifrable y rozaba los bordes de la senilidad. El sol, gran globo aerostático, flotaba sin rumbo frente a la casa, todavía lejos. Un crujido en la cerradura anunció nuestra llegada y pronto sirvió café y nos llenó de preguntas.

II

La abuela puso el agua a hervir con mucha sal. Mientras tanto, en la olla sobre el otro hornillo apagado, claqueteaban cuatro cangrejos vivos. La abuela quitó la tapa y les echó una mirada grisácea. Remangó su mano larga y huesuda y uno a uno fue sacándolos de aquella para meterlos en el agua que recién comenzaba a calentar. Los bichos parecían recibir el baño con gusto, aunque pronto se apiñaron en el borde del fondo como un grupo fraterno que espera su final. Los dedos huesudos de la abuela achucharon la rueda del fuego que creció hasta abrazar por completo los bajos de la cazuela. Luego se sentó y suspiró muy fuerte, frotándose la riñonada. No era agotamiento, llevaba puesta una sonrisa triste.

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