Cuento incompleto

Ya en el invierno estuvo hecho el prodigio, solo faltaban por macerarse los frutos borrachos que plantó diciembre. Acariciabas las orillas. Yo iba cruzando Santa Ana y sentí tus ojos abiertos, sueño de alambrada. Leyendo un diario deportivo, atendiendo a un desayuno que apenas costaba lo que valía, no mucho. Me estabas mirando y capturé el viaje de tus pupilas para hacerle un nudo. Luego pasó lo mismo en Arenal, pero entonces caminabas atado a un niño pequeño y a un globo. Nos batimos a duelo a la altura de San Ginés y te fuiste victorioso con tu baldón de helio y tu escudero fiel. Qué importa.

Hacía ya por entonces un frío que todavía no quiere irse. Cómo no consentirnos que abril nos mintió y ahora que el sudor se ha secado en la colcha, admitir que si llega el verano será como un abismo abriéndose, y tú estarás del otro lado, con tu tamaño de gigante con duende, y los azucarillos que guardas siempre para combatir la lipotimia. Y yo no terminaré la frase que empecé aquella tarde en que conseguiste matar a mis ángeles, qué rabia, te dije, pero no era solo eso. La primavera, quién investigará su secuestro mientras tratamos de desvelar un profundo misterio escondido el cartel azul que reza el nombre de una calle. Tobogán al cielo de los árboles. La descendimos en una carroza de hojalata que contra todo pronóstico no sucumbió al adoquinado. Y cómo nos reíamos. Yo temblaba un poco pero creímos que solo había que esperar. Cuando acabó marzo nos llenamos de pólvora.

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