La vuelta del otoño

No supo decir del miedo el peso exacto de sus temblores, así de vago era su amor que todo lo envolvía. Paseaba sus sueños por la sala escondidos en el baúl de un gesto serio, cargado de responsabilidades prestas a no dejarse eludir. Ella se fue marchando, ni siquiera tomó la precaución de irse de golpe, de no desgarrarle el daño como lo hizo. Porque no sabía nada. Se fue de a poco, un día dejó de traer las facturas de coco y crema, y al tiempo, alguna tarde, cerró el portón dejando las llaves adentro. Nunca llamó a su timbre, no lo hizo adrede pero tampoco se molestó en recuperarlas. Él arrastraba los pies por el gran salón, dibujando senderos de polvo. Siguió haciendo lo que de él se esperaba, tenía al día los formularios, saludaba a la anciana de la portería, redactaba cartas estimulantes para los accionistas. Su duelo fue casi tan invisible como lo otro. De no ser por el frío no hubiera sabido que la extrañaba, por el frío y el olor a humedad que comenzaron a desprender las vigas viejas de la casa. De no ser por el amor, hubiera jurado que solo se trataba de la vuelta al otoño.

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