Fragmento de «Un hombre que se va» de Eduardo Zamacois

«Hubo en Madrid, en la calle Minas, esquina a la del Tesoro, una taberna donde a la anochecida los poetas Pedro Barrantes y Alberto Lozano se reunían a tomar valdepeñas. Llegaban casi siempre con andar inseguro, y transcurridas una o dos horas se marchaban, vacilante el paso y ya medio apagadas las claridades del espíritu, a la husma de una colación que todas las noches se dejaba alcanzar.

»(…) Diariamente sentados ante una mesa donde campaba, con elegancia de minarete, una botella de vino. Lozano y Barrantes platicaban. Eran ambos de pobrísimas carnes y de aventajada estatura, y las sombras del local, vagamente alumbrado, nimbaban sus figuras de misterio. Pedro Barrantes era el más alto. Iba completamente rasurado, tenía la tez morena y el cráneo calvo y enérgico. Alberto Lozano, alfeñicado, encorvado, estaba tuberculoso. Vestía un gabancillo de color gris y cubría sus cabellos con un chambergo negro. Sus conversiones eran lúgubres. Barrantes poseído de una extraña necrofilia, se complacía en atormentar a Lozano sugiriéndole visiones espeluznantes, y su voz campanuda vibraba conminadora y profética. Un deseo incontenible de «hacer daño» le enardecía. Lozano trataba de resistir, pretendía hablar, tosía y sus ojos azules se arrasaban de llanto. Con complacencia insana, el autor de Delirium tremens renegaba de la gloria y de la vida y anunciaba a su compañero el fin próximo. Como víboras, los vaticinios más siniestros se retorcían sobre sus labios, renegrido por el tabaco y el alcohol. Pálido, el mirar errático, Barrantes dejaba caer en el local oscuro y desierto palabras terribles que hacían sonreír a la tabernera.

»―Pronto acabará tu vida, Alberto ―decía―, y el rumor de tus pasos desfallecerá en el eterno silencio, nadie te llorará, y la tierra fría, al mismo tiempo que tu carroña, cubrirá tu nombre de olvido…

»Despavorido, Lozano balbucía:

»―Tú también morirás, Pedro, y el desdén de todos caminará invariable detrás de tu cadáver…

»―¡Ciertamente― rugía entonces su torturador― pero yo no soy como tú!… ¡Yo soy fuerte porque la celebridad no me importa: la desprecio! Mientras tú, pobre reptil, te prosternas ante la gran liviana y besas sus pies! ¿Te odio, Alberto Lozano!… Mejor dicho, te desprecio con asco profundo, y ganas me dan de escupir sobre tu cabeza, porque eres cobarde y cuanto parece vivir en ti está ya podrido.

»Vencido, su víctima suplicaba

»―Pedro, calla, Pedro… ¿por qué me atormentas así?

»Mientras Barrantes, levantando su profundo vozarrón flagelador, le ordenaba:

»―¡Bebe, mujerzuela!… No quieras librarte del vicio que roe tus entrañas y te lleva, de la mano, al estercolero donde también hermanos nuestros nos aguardan.

»Y reía a carcajadas, en tanto Lozano se echaba a llorar.

»―¿Lloras, menguado, y por qué?… Morir… ¿Hay nada más natural que morir?… ¡Bebe, imbécil!… Busca en la ruin escoria de tu corazón un poco de dignidad y brinda conmigo. ¡Levanta tu copa!… ¡Brindemos Alberto por la fosa común!… ¡Tengo ansias de ella!… La fosa anónima donde tú irás antes que yo, es el refugio cierto de los malditos, expulsado de todas partes por la miseria.

»A veces, Agustina, desde detrás del mostrador, le interrumpía piadosa:

»―¡Calle, don Pedro! No haga sufrir más a su amigo!

»Pero don Pedro replicaba inflexible y campanudo.

»―No se apiade usted de él, señora Agustina, déjele llorar. Esas lágrimas que ahora vierte serán las únicas que han de caer sobre el silencio de su fosa…

»Después, humanizado repentinamente, tenía para su víctima algunas frases de consuelo. Lozano entonces enjuagaba su llanto, y cogidos del brazo para sostenerse mutuamente se marchaban los dos, a la vez bufos y trágicos.

»Un anochecer, Barrantes llegó a la taberna preguntando por Lozano.

»―No ha venido― le dijeron.

»―¡Es extraño! ―exclamó―; hace dos días que no lo veo.

»Pidió una botella de vino y, sin prisa, como quien espera, comenzó a beber. A intervalos, dentro de la oscuridad que le envolvía, Agustina le oía murmurar:

»―¿Dónde estará ese desgraciado?…

»Aquella tarde don Pedro se emborrachó solo. Al otro día sucedió lo mismo. Agustina y don Pedro se miraron consternados. Nunca hubieran creído que el lugar que Lozano ocupaba en la taberna fuese tan grande. Noches después Barrantes soñó que Lozano había fallecido. Los detalles de aquella precognición le obsesionaban.

»―Alberto ―me decía― iba por la calle de Alcalá. Veo, como ahora te veo a ti, su silueta flaca, de hombre enfermo; su gabancillo de color gris, su sombrero negro, de alas caídas y también me figuro oír el rumor tímido de sus pasos. Era de noche, hacía un frío intenso, helaba. El reloj de la Equitativa señalaba las dos. En la esquina de Fornos, Lozano saludó a un señor, desconocido para mí. Alberto le dijo: “Estoy muriéndome; no he comido, y no tengo donde dormir!.El otro repuso. “Yo le invito a cenar”. Aquel individuo no parecía persona de este mundo y me inspiró miedo. Caminaron sin hablarse por la calle de Sevilla, y en la de la Cruz, pasada la de Espoz y Mina, entraron en una taberna, tomaron asiento y pidieron dos copas de aguardiente. Lozano, apenas bebió la suya, con ambas manos se tapó los ojos y sin un quejido, se desplomó muerto.

»Imaginado cierto lo soñado, Pedro Barrantes dio por reales y sucedidos los pormenores de su pesadilla a Miguel Sawa, redactor de El País; y Sawa, emocionadísimo, dedicó a la desaparición del poeta malogrado un bello artículo. Otro día, Sawa y Lozano se encontraron. La emoción de Sawa fue indescriptible.

»―Barrantes me dijo que habías muerto. ¿Leíste mi artículo?…

»Lozano no lo había leído.

»―Pedro es un criminal ―sollozaba.― Pedro quiere verme enterrado. Cuando yo muera di que él me mató.

»¿Esa emoción agravaría su dolencia=… ¿Gravitaría sobre su mezquina voluntad como una orden?… Aquel invierno, una madrugada, a las dos ―a la hora agorera en que cantan los gallos―, Alberto Lozano, Las manos en los bolsillos de su endeble gabán, el sombrero metido hasta las cejas, los azules ojos brillándole, como brasas, en la palidez lunada del rostro, paseaba su desamparo por la calle de Alcalá. Frente a Fornos saludó a un señor.

»―Estoy muriéndome ―le dijo―, mal puedo sostenerme en pie. No he desayunado y no tengo dónde dormir.

»Quién esto oyó, repuso:

»―Le invito a usted a cenar.

»Por la calle de Sevilla buscaron la de la Cruz, y fue allí, ante el velador de una taberna ―de la misma taberna que soñó Barrantes― donde Alberto Lozano se quedó muerto».

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