Epitafio para la mujer de los poemas

Esta que fue una feliz viajante de autopistas tributarias, y talló en el centro de la fruta el rizoma futuro de su árbol genealógico, no sabe entender el idioma de las señales. «Es buena» dirán los pies de foto «No sabemos para qué, pero se nota», y en eso se detendrán los titulares y las esquelas que escribirán los fantasmas. Pero alguien le robará dos o tres cabellos, para alumbrar las cejas de una mujer de ficción, sus andares de pato llevarán a otra hasta la marisma, quedará de la figura una sombra deformada por el sol de las siete, hasta confundirse con la silueta del tallo de una espiga, en el capítulo último de una novela que ha de publicarse por entregas. En el fondo de su cáscara se mirará las manos tan limpias que le apestan, se lamerá los dientes solo ayer a tiempo del bocado, la piel cetrina que fue su cuerpo. A su muerte portarán el ataúd sendos cobradores del frac. Quizás alguien reconozca su pena y recuerde «Esa es la mujer de los poemas», es posible, pero tampoco habrá nadie que pregunte ¿A qué te refieres, querido amigo? ¿Qué es lo que quieres decir?

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