Hacedores de barros o la vanidad el escritor

Me he prometido volver a escribir todos los días (al menos día por medio), me quedan diez minutos antes de que se apaguen las luces del cerebro que ya empiezan a titilar ni azules ni a lo lejos, van borrando los contornos de las cosas que me quitan el sueño.

Ocho minutos y sigo sin saber más que el sabor del fuego, los pies fríos, como si su descompensación térmica con respecto al resto del cuerpo pudiera querer significar algo. Nada, frente a mí una pizarra que por no estar en blanco guarda una lista de tareas muerta de éxito. Los libros que no he leído mezclados con los que sí, como si fueran lo mismo, porque son lo mismo, papel mojado hablando de cosas que no he dicho yo.

Ah, sobre eso, hoy estaba en la editorial leyendo mientras uno de mis jefes desencuadernaba un manuscrito.

–¿Por qué lo deshaces?

–Es una novela que no ganó el premio, y así reutilizo el papel para imprimir otras.

–Pobre hombre, si lo supiera…

–Estaría contento, mejor así que en la basura ¿no?

–¿La novela de otro? , no sé si prefiero la basura.

–Joder, cómo sois los autores.

¿Es que el resto de la gente no es así? El egoísmo y la vanidad enfermiza son monopolio del que se pretende (con mayor o menor éxito) artista. Además me hace gracia la palabra que ha usado, ha dicho autores, no escritores, no novelistas ni poetas, autores. Más allá de la elección que delimita claramente su función en el, cómo llamarlo, sistema productivo de la literatura (y conste que pienso que su función es con mucho la más generosa y desprendida, hasta hoy no conozco a uno que haga dinero como para vivir, aunque sí sé que los hay). Pero además de eso, digo, me hace gracia la palabra autores. La palabra me sugiere  un sentido similar al de hacedores, palabra descabellada en este caso y que me parece mucho más apropiada, por ejemplo, para un tornero fresador o, cuanto menos, para un escultor. La escritura me resulta una cosa cercana a la papiroflexia, pero aún sin esa faceta de relieve y tres dimensiones. No es que no me interese la posibilidad de cambiar el mundo a través de las palabras… pero hasta donde yo he visto no hay carisma que valga sin pistola. En fin, quizás lo único que diferencia al autor del resto de la gente es que los demás todavía trabajan en talleres de cerámica, y por eso están sucios y sanos, como cuando de niños hacíamos pasteles de barro. Luego venía otro niño, y con nuestro barro un castillo, o terminaba en el pelo de aquella de rizos…

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