Frente al arco de Washington Square Park

dos extranjeros discuten, bailan, tropiezan

se abrazan y, al igual que los indios,

apoyan la oreja en las palabras de tiza

Es de noche, hace rato que arrancó

el tránsito silencioso de las ratas

Él más alto recrimina al otro con el dedo

como a un niño, niega con la cabeza,

lo besa en la boca

“Si esto fuera París, mon frere,

—le dice—

entonces lo sabríamos”

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¡Allá voy! ¡Al este! ¡Hacia la noche!

a donde el tiempo viene

como una sombra sólida

La noche avanza rompe en sus orillas

las fronteras de las patrias los tontos muros

y cobardes, mientras las gentes duermen

como en el fondo de un lago, al este donde

la ley es la noche y temporera

nos busca, nos acuna, nos susurra

los himnos del filibustero y nómada

Yo quiero pedirle asilo a la noche, a mis

hermanas que sueñan bajo su agua negra

a su país hecho de tiempo y corrientes

Algo parecido al vidrio

o algo parecido al aire

estalla

Mira lo que nos hace la música, así nos hiere

Entonces somos esa cosa rota

que se escarcha entre ángulos agudos

Sé que estás a mi costado

azul luminaria gélida casi un muerto gozoso

vacío en el vacío eléctrico

No sé por qué no te di la mano, no sé por qué

no te constaté el cuerpo

desvanecidos, afilados, solos del otro

así nos hiere la música

y tú lo sabías ¿no es cierto?

Desde el principio

Compañero,

he venido a decirte que quiero contigo

lo que el mendigo tiene con el perro callejero

que podamos explicar «No es mío, pero anda conmigo»

y que la ciudad entienda que nuestro amor es peregrino

y político, porque yo he venido aquí para luchar en tu trinchera

a cargar en mi lengua los barros que nos germinen

un pedernal húmedo en la boca

Te anidaré ratones entre los muslos con que llevar hasta

las calles el calor de la plaga.

Amor mío, edecán,

marcharemos por los barrios viejos

felices como piezas rotas que se juntan y no coinciden

y en ese esguince habrá un vórtice, yo qué sé

una tormenta eléctrica

por la entrenubes un sendero

también de feroces torceduras

pero derechito, derechito

a alguna parte

allí

Brooklyn, finales de abril

I

Viernes noche en casa para escribir. He tomado la decisión taxativa de dejar de aplazar el acto de la escritura, y de la lectura. Leer en el metro, en el baño, mientras espero que termine la lavadora. Dejar de hacer cosas para escribir, como si yo misma llevara dentro al padre de Paco de Lucía. No salir, no ver pelis, dejar de lado todas esas cosas con las que me ha acostumbrado a llenarme el tiempo de vacío. Comportarme como una obsesiva, inducirme la obsesión, para terminar de una puta vez algo de lo que empiezo.

II

Viernes noche literaria, yo contra el ordena, yo contra la novela de Agnus. Yo contra mi cuento sobre Cuba. Se me acaba el whisky antes que el cuento. Juro ante este Blog Institución en la que cifro mis compromisos vocacionales, que esto no va a detenerme.

III

La clave es dejar de pensar que la vida tiene algo más interesante que ofrecer, porque no lo tiene. Y cuando lo tenga, que venga a buscarme que aquí me va a encontrar.

IV

Te buscaba para encontrar Buenos Aires, no me había dado cuenta de que Buenos Aires era yo, que ahora se derrama apaciblemente entre mis dedos hacia la noche newyorkina.

Brooklyn, principios de febrero

Llevo como dos horas y media viendo Mozart in the jungle y mi ordenador dice que todavía tiene batería para 103 días y una hora. Sospecho que mi ordenador consume esteroides. Es el primer domingo en casa después de meses. Esta mañana fuimos con Ana y Lara a ver la cabalgata del año nuevo chino. Todo muy rojo, dorado y colgantero. Feliz año del gallo. Todo muy naif. Los desfiles, por precarios que sean, siempre me ponen contenta. Hace unas semanas, en Madrid, me pasé una tarde del cinco de enero viendo la cabalgata de reyes. Hay algo muy absurdo en ellos que me da risa, no una risa cínica y distanciada. No. Es algo de infancia que vuelve con los dragones y las señoras sonriendo desde las carrozas. Esa pequeña brecha que se abre en el mar de cutrerío y espumillón por donde se deja ver tímidamente, un momento apenas, la fantasía.

Después fuimos a terminar de celebrar con dumplins de sopa y cerdo agridulce. Todo muy chino, es decir, muy newyorkino. A la vuelta he leído a Deleuze, maravilloso como siempre pero hoy un poco más: Tratado de nomadología. Me he comprado en Amazon una cafetera expresso muy barata: traje café de Cuba y de pronto, inesperadamente hasta para mí, he desarrollado un intenso snobismo en cuestión de café. Atravieso un periodo sutilmente hedonista, diría que bastante burgués. No es cuestión de nada más que de una tranquilidad, en gran medida económica, que se traduce en que me permito hacer algunas cosas que antes no, como viajar a sitios y comprar pantalones en H&M así como cafeteras por Amazon y, por último, disfrutar un poco más y un poco mejor de la ciudad.

Creo que, además de dar la batalla en la calle, parte de lo que nos toca a los emigrantes en la Era Trump consiste en hacernos dueños del espacio. Dejar de pedir perdón o permiso. Disfrutar de la tierra re-conquistada. Mi pequeña revolución consiste en que ahora, además de indignarme, le espeto mis críticas (en castellano, claro, por ahora no tienen por qué entenderme) a la gente que se comporta de forma desconsiderada en la vía pública. Sobre todo a hombres blancos que no se apartan en la vereda cuando vas cargada ni te dejan salir antes de entrar en el metro. Aunque tengo que decir que la mayoría de los hombres blancos de Nueva York, y de las mujeres y hombres de todos los colores, son un encanto. Pero bueno, mi máquina para la justicia pasa por hacer pública mi cólera cuando esta está justificada, ejercer mi derecho a rabia. Por primera vez en este país.

La otra cosa que hago es sencilla, paseo, disfruto, sonrío, obligo a los azafatos de los aviones a hablarme en castellano, aunque les entiendo perfectamente en inglés, me compro una cafetera expresso para no tener que beber su insípido y acuoso brebaje, los quiero a ratos, confabulo en su contra o a su favor…según se mire. Vuelvo contenta a esta ciudad, a este país, porque tengo derecho, espero paciente la línea, sonrío a la señora de aduanas, a todo el mundo. Y es una sonrisa de verdad, una sonrisa nómada, bereber, deleuziana; y es un arma con la que sí puedes volar. Y la señora de aduanas me sonríe a mí. Y así con todo casi siempre.