Por marzo, niña,

te regalo revoluciones

escaleras al entresuelo de las libres

molinillos de viento

que son para tomarle el pulso a las batallas venideras

que son para poner en marcha los bajeles del futuro

que son para cortar de cuajo las ramas y raíces secas que no

te dejarán ver el sol, que se amarrarán con inquina

en tus tobillos de musgo, que te atarán lianas

al pecho del hombre

Pero revoluciones, niña, y molinillos de viento

para que las cuelgues de tus balcones y como

constelaciones inquietas en el tejado de tus sueños

Por marzo, en un puñadito de viento

la locura de las calles y las estaciones, el tiempo

que todo lo demás ya es tuyo

 

 

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Empieza así:

Un animal que se duerme
y relampaguea en sueños
Un monstruo marino que se confunde
y empieza a nadar
río arriba

como las historias que leen los niños sin que les importe un
un comino quién la ha escrito, que la han escrito, que está escrito

Y continúa:

Una figura de sal y ceniza
Tienes los rostros de las cosas que
con el tiempo se agrietan;
o las cosas que el agua disuelve
y le obsequia a las mareas

Eres del mundo y sus rompeolas
donde el hombre ahoga a los ahogados
Te levanta la espuma el aire o la noche de
tu sangre de cerveza y vidrio

Y terminas: como un arlequín sin hilos
en el almacén de un mercado de pulgas
derramado en portales callejeros que
prometen sueños de ámbar, salvajes encontronazos
con extraños, serafines chuecos,
que anuncian batallas, torpes escenarios
para la épica de los idiotas

Triunfas, cada noche triunfas, río arriba
en la surco húmedo y rayano de una civilización a la que no perteneces
pero que te laurea como si fueras de los suyos

Nunca te he visto sangrar
Y no me sorprende

Están ahí ¿las oyes?
el zumbido de las revoluciones
en el agitarse el sueño
de los niños
en la punta de los zapatos
en las azadas
que multiplican los vientos
hasta deshacer en terrones la Tierra

Están ahí
Están por venir

Ya sé por qué te quedas mirando

Me miras y reconoces algo que es tuyo

ahí está, todo el tiempo

yo también lo veo

¿qué puedo decir?

No sé, pero, quizás algo que me dijiste un día

me anidó en la cara.

Y, bueno,

me pregunto si va a estar ahí ya para siempre

cuando te mueras, por ejemplo,

un poco antes que yo

quizás muy lejos de mi cuerpo

quizás muy cerca

¿Seguirá tu firma en esta vida?

¿Tu vida en esta vida que me das?

Una luz

lo que sea por una luz

en esta ciudad eléctrica

de interruptores dados

y fría de junio y diciembre

¿soy yo migrante?

no sé

solo quiero una luz

que nos guarde

Debajo de la lengua la saliva

que amarga el tiempo y oscurece la piel

la ceniza

solo la ceniza

de una hoguera que no prende

¿A qué he venido yo a esta ciudad?

A ser qué

¿una nochecita toda que deambula?

una nochecita calma que anda por allí

como si no fuera la noche ya bastante vieja

y bastante grande

Era de noche y yo dormía

Una mujer muy vieja, un cementerio

alguien interrumpió el silencio

que se llenó de espadas

y de bruma

“Calla, pésimo guerrero”

era la voz de la vieja

una voz bronca, oscura

fuerte y reprensiva.

Hacía frío, porque en mi cuarto

llegaba de a poco el otoño y

había dejado abierta la ventana

Algo se mueve en la sombra

y la mujer tan vieja con esa voz ferrosa

–ahora pienso que quizás

no era

una mujer, una bruja de humo—

¿A quién reprendía?

Como una voluta salta entre lápidas

y escapa un animal

“Se fue gato, no varón”

Y me despierto y no sé muy bien

qué hacer con todo esto.

Frente al arco de Washington Square Park

dos extranjeros discuten, bailan, tropiezan

se abrazan y, al igual que los indios,

apoyan la oreja en las palabras de tiza

Es de noche, hace rato que arrancó

el tránsito silencioso de las ratas

Él más alto recrimina al otro con el dedo

como a un niño, niega con la cabeza,

lo besa en la boca

“Si esto fuera París, mon frere,

—le dice—

entonces lo sabríamos”