Y has dejado otra casa vacía
bien dispuesta para el vals de los ecos
Son de la cueva contra el cuerpo
deshecho en hueco el nido  
tan desnudo
tan expuesto a las inclemencias de adentro
El reloj se desarma en polvo
al huir en su círculo rasca un agujero
Madriguera de tiempo,
un montón de nada arañada
a las paredes de la casa
Con tus manos has ido desbaratando lo que aquí
socavón, sima, gruta, cripta
fue hogar y luz y sombra en tus pinturas rupestres
hoy es solo cueva, y tú tan nómada

Una noche

En aquel tiempo, durante la fiesta enferma de la disciplina, hubo un día en el que fue legal pasear en mitad de la noche, pero no juntarse con personas con las que no vivieras. Así de absurda y frágil es la voz que hace la norma. El compromiso debía ser total, consumado, irremediable, sin dejar espacio para las historias que maceran el accidente y la incertidumbre en la que se gusta de estar el deseo, que es caprichoso. Esa misma noche en que lo que todavía se cocina andaba proscrito, se encontraron en los jardines de la Plaza de Oriente. Se sentaron en uno de los bancos de piedra. Cada cual miraba en una dirección, como en una película de espías. Así, observando el parque desde distintas perspectivas, mientras compartían palabras de romance y erotismo, se sintieron clandestinas y eso terminó de unirlas. La noche no estaba del todo fría y estuvieron así, lanzando relatos en direcciones opuestas para que las juntaran los vientos, hasta que andando cada quién en una acera, fueron marcándose el camino a casa por el rabillo del ojo, a una sola casa, donde pasarían la noche, a desobedecer.

Pequeño es el mundo de quien sabe
que solo puede estar a un tiempo en un solo lugar
En el límite del cuerpo se consuma mi condena
y la libertad toma su forma
Yo soy mis barrotes, pero entre los barrotes quizá
la piel, la exhalación que hoy nos espanta
haga de puente y de cizalla
Ir hacia la otra y lo otro como promesa irresoluta
de un paraíso al alcance de la sangre
tan frágil
tan impotente
tan sin concluir

Somos del barro de la calle y qué
ojos de pez, mi amor de mañaneo
Me miras como desde debajo del agua
la risa floja, los dientes colgando como un puente levadizo
mis ojos rojos de matar marcianitos toda la noche
huir del día que nos busca, plaza a plaza
Nos hacemos del bien cuando de la ciudad solo queda
su oferta ilimitada de esquinas
Y ahora con la luz blanca que te estoy viendo
tienes los ojos como para hacer cabrillas con ellos en el agua
Pienso que qué hermosa está la mañana que ya es la noche y
el miedo que nos daba todo este sol que se amanece

Ojalá hubiera algo aquí mi vida
vida mía ojalá hubiera algo aquí para darte
Pero quien de la suerte se hace
no acumula sino celeste deuda
No de yo me hago lo que no hay, lo que
no tengo. Sin ser yo que los otros nos
hacen te dan me tienen lo sueltan
mi vida la vuestra que hubiera un poco de nos
con que dar amor y a cambio dar amor
y a cambio dar de Ser que todas sean
Ay mi amor mío de que con eso jugamos
al mundo, el amor, los acertijos
todo lo que suele resolverse siempre
hacia afuera

Datacenters

Salvémonos de la memoria antes de que ardan los servidores
Pompeyas de datos en el desierto del Gobi
una plaga de melodías sordas
arrancadas de sordos pianos
porquería digital calcinada bajo tormentas solares
incapaz de sobrevivirnos / estupideces cifradas
granjas de Oklahoma donde germina una Historia chueca
que creemos tallar en el aire con la punta dulce de los dedos
aguardando a la intemperie en sus tumbas de plástico negro

Escribir no el descenso de los granos de un reloj de arena que en su tormenta se agota
sino como quien en la cama de un hospital
postrada y rabiosamente enferma
mira vaciarse en su cuerpo el gotero, ajeno y frío y
dando vida a la vida que tiembla
La poesía, o más bien esta poesía que aquí escribo,
como un gesto mecánico de látex y fármacos que, con todo, nos sostiene.
Pudiera ser que en el tiempo la nada vaya pujando su terreno
onza a onza haciendo del deseo una parcela baldía y poco más,
como los golpes de ácido cada vez más tenues. Entonces el poema,
este poema, quizás pueda reparar con su artificio algo, por un tiempo,
de lo ya consumido, suplantar lo que de su belleza se nos arrebató.  

Exilio

De alguna forma sí es exilio, porque soñamos con volver y no encontramos la manera. Es exilio en lo que sentadas en las barras de los bares no sabemos hablar de otra cosa, España, Argentina, Puerto Rico… de lo que allí pasa, de lo que dice la prensa, de lo que nos cuentan las amigas y los mentideros. Es exilio si no nos cansamos de hacer planes de huida, y cuando se nos agotan los planes nos quedamos muy serias mirando al otro lado de la barra, como quien observa el mar, el ciclo migratorio de los pájaros. No es exilio, dicen, porque no hubo guerra, pero –sea o no sea– claro que sí hay la guerra, la de a diario, y el miedo, la guerra con que nos ganan el miedo de volver a quedar como salimos, con dos maletas de ropa frente a las puertas abiertas de la nada.

Menorca, finales de julio

Vuelvo a mis viejos diarios y me aterra encontrarme con mi antigua grafomanía. Escribía sin grilletes y con una falta de pudor que rozaba lo insensato. Y lo que asusta es que toda esa copiosidad e incontinencia hayan desaparecido. Y cómo he perdido, también, el hábito de la metáfora. Esa prosa juguetona sobre la que tantas promesas me hice (y me hicieron) agoniza hoy, frígida la lengua rompe en sollozos secos. Antes conejitos, una fiesta del hablar por hablar, hoy burbujas de ceniza que a duras penas consigo hacer romper en la orilla de la boca. Voy por este andar el tiempo que es un cegar uno a uno los muchos pasillos del laberinto y me pregunto en qué doblar la esquina desbaraté mi talento. Yo que hacía fueguitos con un chiscar los dedos y alimentaba su hoguera entre la pequeña caverna de mis manos de solo susurrarles tontas brujerías. Y creo, al cabo, que la vida es un juego que, cuando se pone uno a jugarlo en serio, pierde toda la gracia.