El convidado de piedra

Todos tenemos un límite block out. Una frontera infranqueable que con la que el otro suele chocar frontalmente a través del diálogo. La conversación empieza como un tanteo, una deriva sinuosa en la que vas dibujando, a través de una especie de tacto discursivo, la silueta del otro; aquí una protuberancia, aquí un recoveco suave, aquí una espina. Lo más normal es que tu interlocutor se deje hacer, acariciar en sus límites. Lo primero que tocas es casi siempre una cáscara, un exoesqueleto del que fácilmente nos desprendemos cuando nos van gustando las cosquillas. Debajo de estos petos pronto descubriremos las nuevas texturas, las de verdad. Entonces empieza, no de golpe, sino remiso siempre, el sadismo. No es una crueldad especial (de especie), se trata de corroborar la certidumbre del otro y, después de aprehenderlo, desubicarlo, ponerlo a la luz más bien para que él se vea. El amor tiene algo de eso.

Pero hay un momento que siempre llega, el límite block out. Esta barrera es diferente en cada cual, y está construida con sedimentos de memoria y fantasmas. No creo que toda caverna tenga una palabra mágica con la que abrirla, pero toda caverna tiene una palabra con la que cerrarse. Y siempre damos con ella accidentalmente, entonces algo se vuelve irreversible, no queda allí nada que olfatear más que un trozo de densa piedra o la traza de una huida. Todo camino se trunca irremediablemente. La muerte y el amor se parecen en eso, excepto en que el amor arriesga.

DE QUIÉN ES LA CALLE

 

First we take Manhattan

Algunos iban dejando un surco de dulces lágrimas por la gran avenida

Vi las manos de una chica, apenas algo más que adolescente,

encrespadas como vides, a punto de romperse. Los ojos a gritos.

¿Quién era esa gente?

Las pantallas de sus teléfonos móviles alzadas orando a la multitud

la calzada de plata respirando brumas, recibiéndolos, aupándolos

calle arriba el azul eléctrico de los edificios haciendo eco de los cánticos.

En un andamio a la altura de la 57 andaban cinco siluetas colgadas, murciélagos

sonrientes zarandeándose sobre una colcha de cartones en los que el agua derretía

de a poco las consignas.

¿Quién era esa gente, digo, quién era yo?

Alguien corre a la otra esquina de la calle, alguien levanta los brazos como sacándose

el pullover de una modorra prolongada. Los cantos no cesan de hace horas.

Por sobre un coloso de bronce el helicóptero petardea como un arma acatarrada.

La ciudad descansa de la lluvia pero sus ríos aún descienden silenciosos la gran avenida.

Brooklyn, finales de octubre

Todos tenemos issues en esta ciudad, nadie sale entero de aquí. Y el peor momento es cuando te das cuenta de eso, de que el monstruo esquizoide que te está creciendo en el estómago es fauna autóctona de Nueva York y entonces empiezas a justificarlo, a darle de comer. Te miras la panza, en lugar exacto en el que crece el nudo y lo miras con-cariño-casi-maternal. Ese momento en que, al contrario de lo que pensabas, descubres que la ciudad es tu huésped (parásito y huésped son sinónimos), que lo llevas contigo, y empiezas a tratarlo con complacencia

Supongo que la fórmula adecuada sería ignorarlo, pero es difícil. Ese oportunista que se alimenta de tu energía te devuelve el favor en forma de extraña, abrupta y trágica autoconciencia, pareciera que tú eres más tú cuando abrazas de corazón tus traumas, estos traumas con los que la ciudad te obsequia, el regalo de bienvenida en la almohada del hotel, el mensajito hermético dentro de la galleta de la suerte, escrito en un inglés extraño, anquilosado, quizá por eso todavía más turbador a pesar de su aparente falta de sentido. Pero habría que ignorar al monstruo hasta el punto de siquiera intentar deshacerse de él, aprender a ser feliz a pesar del monstruo, con el monstruo acurrucado en la panza y sin alarmarse de sus sacudidas. Salir a conocer a los hospedadores de otros monstruos y cenar comida tailandesa sin mencionarlos, sin mirarle al otro el ombligo adivinando los temblores. Quizá en algún momento hacer alguna alusión indirecta, muy velada, simplemente para constatar que el otro mantiene una igual relación de displicencia con su huésped, asegurarnos que no tenemos delante a un obseso de la negación, a un enfermo que a la larga terminará rompiendo en pedazos la cuarta pared para hacerse una catarsis-newyorkina.

Por lo demás, nada nos asegura que el ovillo de monstruo en la boca del estómago no vaya a seguir creciendo, a pesar de nuestra indolencia, hasta hacerse con todo, hasta ocuparnos y ser nosotros ya solo monstruo, ya solo Nueva York.

Brooklyn, mediados de octubre

I

O escribo o todo se detiene, o escribo o las cosas que pasan no pasan en realidad. Ni siquiera tengo que enumerar los sucesos, basta con llenar unos renglones de una densa nada para que el tiempo que transita entre una y otra entrada de este diario escrito quede constatado.

II

Los momentos más clave de mi vida en Nueva York no aparecen en este diario, ya me he dado cuenta de eso. Tampoco las estancias en Madrid o Menorca. Y, sin embargo, ahí están, latiendo debajo de las palabras, esa pura superficie que todo lo esconde. A veces algún episodio concreto vuelve a mi cabeza, como clamando su derecho a rúbrica. Alguna noche lo intento, pero no puedo decirlo, no sé por qué, no me atormenta, es solo que…

III

En algún lugar dentro de mí se va construyendo un ovillo oscuro, un agujero en donde anida el miedo. Es un lugar incierto, construido con reflejos inaprehendibles. Ese lugar y yo nos ignoramos con displicencia, dos pacientes en la misma sala de espera que no quieren mirarse a los ojos por miedo a reconocerse.

IV

Sólo sé huir hacia delante. Esta no es mía, creo que es de Batania o no sé. Pero me sirve.

V

Todo lo demás es un éxito inapelable. Las clases, bien, las conferencias, el proyecto académico, los amigos, el chico, el verano que parece haber olvidado algo y ha vuelto esta semana a buscarlo. A veces Lara pasa por debajo de mi ventana y me grita, entonces todo Brooklyn se vuelve aldea y dan ganas de tender la ropa en la ventana y asfaltar las calles de albero para que pasen cómodas las bestias. Todo tiene un aroma de estación intermedia entre la calima y el huracán. Que venga y que me encuentre con los amarres desatados, alargando la mano, que acepto el baile que se me ofrece.

siete

Después de años sufriendo los fantasmas de otros por fin estoy engordando los míos propios.

Brooklyn, principios de septiembre

También la página en blanco es una suerte de patria a la que se vuelve, si después de mucho tiempo, con una extraña sensación de desahucio. Quizá no la página, el lector lo es. Imagino a una persona, a fuerza sin rostro, que el tiempo ha ido desdibujando, un antiguo amante al que se escribe en mitad de la noche y que contesta preguntando “¿Quién eres?, no tengo guardado este número” Y una sabe que a la fuerza tendrá que practicar cierta forma de elipsis como tras cualquier otra relación, buscar otro hombre sin rostro a quien colgarle cicatrices. La sensación de discontinuidad y puerto se hace por un momento casi imbatible. He empezado la misma página de este diario ya varias veces en días distintos, en meses, y esta escritura se me hace como un reptar de pesada serpiente. No recuerdo bien cómo erguirme en la palabra. ¿Tendrá sentido el diario de una que no pisa en firme? Uno sin anécdotas jocosas, sin momentos de terrena lucidez… Es obvio, si no tengo a quién mirar solo me estanco en las metáforas, la literatura de los cobardes que no se atreven a llamar las cosas por su nombre. Ella soy, aquella, lejos a la que no alcanzo a tocar si alargo el brazo y que a gritos no responde porque no me escucha. Y, sin embargo, aquí el balbuceo de su eco. La otra noche soñé por mucho rato que, estando muy cansada, me tumbaba en el suelo y ya no podía levantarme. Sacudía mi cuerpo tirado, me agitaba rodilla contra frente, brazo y cadera, conseguía casi sentarme, pero sin fuerza la mitad de mi cuerpo alzado caía por su propio peso. No quiero sonar tanto a tragedia, pero fue así y juro que estaba como despierta. Luego todo bien, la cerveza, el smog caliente de la ciudad, el olor a cigarro que molesta a mi compañera de piso, las peleas contra las impresoras de la universidad que han comenzado la primera huelga sindical de aparatos electrónicos que se registra en Occidente. Entonces algo pasa y te da mucha risa y piensas que tendrías que escribir sobre eso: como el abuelo de Ana, que se murió dos veces o cuando tenía el cerebro tan quemado la semana antes del examen que le puse tres sobres de azúcar al cubo de basura del dunkin donuts en vez de a mi café. También le dije a Francisco que a veces me daba la certeza de que me iba a morir sin haber terminado nada, sin haber llegado a ningún sitio. Y que sentía cierta tranquilidad con eso, con ser como el Aquiles que decidió quedarse. Y que no entiendo el valor estético de las gorras deportivas, que son tan feas que solo tienen sentido si cumplen la función para las que fueron creadas. “Son como los trajes de apicultor, le dije, como que no te lo pondrías para otra cosa” Y un negro gordo tocaba una trompeta que daba gusto, una cosa muy esquizoide en un sótano del Village. Y luego nos fuimos a casa. Y ya.

Brooklyn, finales de mayo

A mediodía termino el último paper, por la ventana entra un sol furioso contra el que ningún ventilador puede competir. Justo después de mandar el trabajo por email a mis profesores me invade esa sensación conocida de desamparo tras muchos días de trabajo intenso. Tengo ansiedad así que empiezo a hacer la maleta, pero tengo que parar porque entre el calor y que no he comido nada en 20 horas ando al punto del desmayo. Recién cuando baja el sol puedo cerrar la página de series piratas y seguir con lo que estaba haciendo, cualquier cosa con tal de no pensar. Cuando termino abro el libro de Piglia que compré en navidad, está genial, pero habla de un profesor universitario en New Jersey y aquello también me agobia un poco. Eso ha sido ya de noche, hace un rato. Después he ido a comprar helado y pizza. Ahora escribo. Es eso, con la impertinente aparición del tiempo libre comienza la culpa por todo lo que no he escrito estos meses, una culpa que había disfrazado con facilidad de estrés y obligaciones. Leer ficción por fin de nuevo espolea la exigencia autoimpuesta de llenar esta página.

Se ha acabado. Mi primer curso en Nueva York, dos semestres enteros, quedan ocho más. No soy capaz de imaginarme qué tipo de persona voy a ser cuando todo termine. Desde luego no soy la misma que hace nueve meses, ¿cuántas mutaciones, qué tan rápidas y qué tan radicales puede soportar una persona? Ya veremos. He leído tanto este año que si lo pienso mucho soy capaz de marearme. Como si hubiera estado todo el año borracha o subida a una noria que gira a toda velocidad y no se detiene.

Si pienso que pasado mañana a estas horas estaré en Madrid el vértigo se acrecienta. No es que no me guste pero la vida cada vez me parece más inverosímil, un jodido desbarate, vamos. Si me descuido mañana tendré 100 años y andaré contemplando a la muerte con la misma cara de pasmo desorientado que llevo puesta hoy. A medio camino entre el ¿ya está? y el ¡wooouuu!